Deseaba la hermana estar siempre al lado del hermano, y asistía a sus clases, hasta a la de latín; «cela m’aidera à comprendre mes offices», decía ella: ¡Cuan lejos del cotillón y del bridge! Por su parte, Mauricio, se manifestaba castamente enamorado de Eugenia.

Hélas! le monde entier sans toi
N’a rien qui m’atache à la vie.

«El sentimiento que inspiraba a Pablo estas palabras para Virginia, no era más sincero que el mío.» En efecto, son dos almas que se aman de amor, excluyendo toda sombra de malicia o pecado. Ella se aplica hasta a tareas de lavandera, evocando para el caso a Nausica, Santa Catalina de Sena y a las princesas de la Biblia. A los veinte años, sin belleza, es, sin embargo, atrayente. Lamartine ha dejado de ella un agradable retrato en que hace notar «el contorno armonioso del rostro» y «el talle esbelto y flexible que hace resaltar las formas del cuerpo». Toda ella se consagra a la devoción y a las prácticas religiosas. A la devoción, a las prácticas religiosas y a su hermano. Escribe versos inocentemente románticos. Y cuando la tristeza la invade, tiene el remedio de la oración. Los tempranos desencantos de Mauricio la hacen sufrir, y no cesa de darle, por lo tanto, buenos consejos. Él, soñador, como todos los de su tiempo, está enfermo de lo que se llama en estos momentos «el mal del siglo». Ella desearía verle dedicado a la carrera religiosa, confesarse con él, como la madre de San Francisco de Sales se confesaba con su hijo. Y luego, él tiene que ir a París. ¡París! ¡El pecado, la corrupción, el campo del demonio! Y deja Mauricio el Cayla y parte a la gran ciudad a continuar sus estudios. Comienza a escribir en los periódicos, se une a su maestro Lamennais, y cuando Lamennais se insurge contra la autoridad papal, Mauricio comparte sus opiniones, cosa que desola a Eugenia. Esta, entretanto, escribe sus admirables cartas y su Diario. Este libro es tenido como uno de los más bellos producidos por un cerebro femenino. Es un breviario ideal para las ascensiones espirituales. «Jamás su prosa deja ver el esfuerzo, dice Colleville; escribe con una naturalidad y una facilidad maravillosa, canta como el pájaro, naturalmente, así su pensamiento, se impone victoriosamente, nos seduce y nos penetra de esa religión que lo vivifica.»

La publicación de esa obra excelente se debe a Barbey d’Aurevilly y a Tributien. «No sé por qué, dice ella, en mí el escribir es como en la fuente correr.» La vida de su hermano en París la inquieta. Sobre todo, sus decaimientos de fe. Comenzaba a aparecer en Mauricio el despertamiento pagano. Pan se le había revelado y su oído oía en la sonora tierra el galope del antiguo centauro. Piensa su hermana en casarlo. Él se enamora de Mlle. de Bayne, pero le rehusan la mano de tal señorita. Enfermo, retorna al Cayla, en donde se repone.

Vuelto a París, un nuevo amor le consuela, y logra casarse con una joven originaria de Batavia, que le adora. Pero la tisis ha hecho presa ya de él.

Así regresa al dominio paterno. Eugenia, estoicamente cristiana, viendo perdido el cuerpo, se dedica más que nunca a la cura del espíritu. Logra su objeto y muere Mauricio en la absoluta fe católica. Ella continuará hablando con el ausente, con quien espera juntarse por siempre en la inmortalidad. «Del Calvario al cielo el camino no es largo. La vida es corta, y ¿qué haríamos de la eternidad sobre la tierra?»

Su pensamiento no se separará nunca de su hermano. «Él y yo eramos los dos ojos de una misma frente.» No cesará de rezar por él, de encomendarlo a Dios. «Bueno es llorar, pero no sin la plegaria. La plegaria es el rocío del purgatorio.» Luego, continuará su misión de dulcificadora de almas, con Barbey d’Aurevilly, íntimo amigo de Mauricio. Del dandy byroniano y un tanto satánico que era entonces el Condestable, hizo ella el paladín católico, el caballero de la Iglesia. «Es, pues, dice Colleville, un hecho, que el novelista, el crítico, el pensador, ha sido después de su conversión el servidor más decidido y más convencido de la Iglesia romana, y que es ciertamente a Eugenia a quien se debe esa milagrosa conversión.»

El dolor que le causó la pérdida de su hermano hízola hasta pensar entrar en religión; mas su deber de hija le impidió realizar esos propósitos. Y así bien queda la frase del crítico inglés en que la llama la Antígona cristiana. «Sin mi padre yo iría tal vez a juntarme con las hermanas de San José a Argel. Al menos, mi vida sería útil. ¿Qué hacer ahora? Mi vida la había entregado a ti, mi pobre hermano. Tú me decías que no te dejara nunca. En efecto, he permanecido cerca de ti hasta verte morir. ¿Qué voy a buscar ahora en las criaturas? Reposar en un pecho humano, ¡ay! Yo he visto cómo nos lo quita la muerte. Mejor apoyarme, Jesús, sobre vuestra corona de espinas. ¡Cuántas veces he soñado ser hermana de caridad para encontrarme cerca de los moribundos que no tienen ni hermana ni familia! Hacer veces de todo lo que les falta de amoroso, cuidar sus sufrimientos y hacerlos volver el alma a Dios. ¡Oh, bella vocación de mujer, que a menudo he envidiado! Pero ni esa ni otra: todas están cortadas.»

Y en otra parte:

«No comprendo cómo las mujeres que no tienen piedad no mueren todas locas. ¿Qué llegar a ser bajo tantas impresiones destructoras? Todo nos es hierro y fuego, nos rasga o nos quema, pobres mujeres que somos.»