EL PUEBLO DEL POLO
L progreso moderno es enemigo del ensueño y del misterio, en cuanto a que se ha circunscrito a la idea de utilidad. Mas, no habiéndose todavía dado un solo paso en lo que se refiere al origen de la vida y a nuestra desaparición en la inevitable muerte, el ensueño y el misterio permanecen con su eterna atracción. Lo desconocido en la naturaleza surge de repente en formas tales, que llegan a realizar lo imaginado. El radium es un milagro. Todavía no se sabe lo que es la electricidad. A este propósito, en un libro reciente, dice M. Lucien Poincaré: «Los espíritus, aun los más cultivados, tienen una tendencia tan natural como engañadora a creer que han comprendido la causa de un fenómeno cuando se ha dado una explicación que junta ese fenómeno a otro anteriormente conocido, y al cual se está acostumbrado desde hace tiempo. Reflexiónese un poco y se advertirá que el embarazo en que se encuentra el sabio sería igualmente grande si fuera preciso dar una explicación completa de no importa qué otro fenómeno físico, aun tomado entre los más familiares. Si ante una de las aplicaciones más sencillas y más vulgares de la corriente eléctrica, en frente, supongamos, de una modesta campanilla eléctrica, el físico se encuentra un tanto molesto cuando se le pregunta cómo la energía de la pila se transporta a lo largo de un hilo, y a qué modificaciones en el hierro corresponde la imantación del electroimán, estaría en el derecho de hacer notar que sabría, además, satisfacer plenamente la curiosidad de quien quisiera darse una cuenta enteramente exacta de las razones profundas por las cuales la vieja y respetable campanilla antaño usada hace oir un sonido cuando se tira del cordón.» Así en todo. La ciencia de hoy corrige a la de ayer; mas poco a poco y de tiempo en tiempo se descubre o se entrevé un nuevo enigma del universo, que hace más profundo y formidable el enigma total. Muchos creen que la astronomía y la química son las sucesoras de la astrología y de la alquimia. ¡De ninguna manera! protesta un estudioso como M. Jacques Brieu. Preguntad a Paúl Flamblart, Selva, Fomalhaut, Barlet y algunos otros, de los cuales tres o cuatro, por lo menos, son antiguos alumnos de la Politécnica, si se debe confundir la astrología con la astronomía. Esta difiere de aquélla tanto como la anatomía de la fisiología y de la psicología. En cuanto a la química, comienza apenas ahora a entrar en los dominios de la alquimia.—Dijérase que el ejercicio de la inteligencia nunca como hoy ha contado con más investigadores de absoluto. En otras épocas, la concentración de la labor mental, en solitarios gabinetes y en silenciosas celdas de conventos, se tendía por el esfuerzo teológico a la rebusca y comprensión de Dios. Hoy la unida labor intelectual se dirige a la exploración de la materia y de la fuerza, de lo arcano inmediato, de lo que nos rodea; y está en nosotros mismos.
Pero, tanto en lo lejano de los astros apenas vislumbrados con el aún impotente telescopio, como en lo recóndito de la vida atómica, hay un infinito ignorado. La geografía ha avanzado mucho. Mas ¿está todo el globo ya en nuestros nutridos inventarios? Hay todavía rincones inviolados. Y está el Polo, guardado aún por la enorme y blanca esfinge que surge en una de las más maravillosas creaciones o supervisiones de Poe.
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Tales temas tientan hoy a más de un escritor de imaginación. Wells, el inglés, ha sido el conquistador de la celebridad inmediata por sus novelas extraordinarias. Hay antecesores ilustres, y con razón se ha citado a este respecto los nombres de Poe, de Villiers de l’Isle Adam, y aun el del venerable y pueril Julio Verne.
Otros pueden agregarse, en cierto sentido, como Lytton Bullver o Rider Hagard. En Francia, y tratándose únicamente de la sorpresa intelectual producida por la obra de Wells, no habían aparecido aún seguidores del autor británico. M. Charles Derennes, cuya reciente obra El pueblo del Polo acabo de leer, me parece que inicia la serie de los imitadores, y a pesar de lo que en su contra tiene toda imitación, el libro de que trato logra el propósito, y podría pasar por «du Wells», si no apareciese en medio de los más interesantes momentos de la acción el inevitable «esprit», que echa a perder la intensidad de lo que nos conmueve y hace pensar.
La fabulación es sencilla; y el procedimiento conocido: prólogo explicativo, manuscrito encontrado. El autor cuenta que en Septiembre del año de 1906 se encontraba en Saint-Margarit Bay, pueblo del condado Real, en la costa del Paso de Calais, a seis millas de Dover. Allí se junta con un su amigo, Luis Valentón, profesor del Colegio de Francia, miembro del Instituto, que ha hecho grandes exploraciones en Siberia, y que ha descubierto muchas cosas; entre ellas un esqueleto de animal desconocido que habría regocijado al sabio Ameghino y que él califica de antroposauro. Este animal, explica Valentón, es contemporáneo de los primeros hombres, y la inteligencia humana y la inteligencia... antroposauria han debido, en una época, existir juntamente...
Hay una comparación que me parece explicar bien la manera con que las especies evolucionan, se transforman y salen las unas de las otras. Imaginada familia que posee una casa en un país fértil. Los campos la nutren, nutren a los primeros hijos y aun, quizás, a los hijos de esos hijos; pero la raza se multiplica, el terreno no basta ya, y pronto tienen las nuevas generaciones que ir a buscar fortuna a otra parte. Esos hombres llegan a ser lo que la naturaleza de su patria de adopción quiere que sean; si el país es, por ejemplo, cubierto de bosques y poblado de animales, serán cazadores y no agricultores como sus hermanos y primos que han quedado en la tierra original de la raza.