Sobre el movimiento literario contemporáneo francés tuvo ciertas expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a conversar con él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la calle Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de El arte de ser abuelo. Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:

«M. Mendès ha visto morir el romanticismo, desenvolverse los destinos del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los años no le pasan, sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»

Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa contemporánea. Para él no hay nada nuevo. Por otra parte, que se lea su «Rapport sur la Poesie». Con justicia se sulfura contra las escuelas. ¿Acaso había antes escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber fundado una escuela; en todos sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso no es tampoco una escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que trabajaban juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de Sully-Prudhomme que la mía...»

Y luego:

«Cada poeta hace su obra como puede, como lo entiende, lo menos mal posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela romana, la escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué tontería! ¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.—No hay nada nuevo después de los prefacios de Cronwell y de Hernani. Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero es alrededor de ellos que se baten.»

Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas nuevas. Los poetas jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero siempre siguiendo las huellas de sus antecesores.

«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque yo he hecho Medea. Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo tenía derecho de hacer Medea sin ver en ese asunto más que un motivo interesante de teatro. Entonces, porque he escrito El hijo de la Estrella se deberá clamar: ¡renacimiento bíblico! No. Cada poeta es libre de ir a extraer su inspiración de donde bien le parezca, sin que se pueda interpretar ese esfuerzo particular como una tendencia general. Corneille ha hecho tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos son buenos; sólo el talento del poeta les da valor.»

Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo invitó a comer, ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas fué a la comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:—¿Y ese asunto?—Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no quiere. En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis El Cid, sólo que depende del modo que esté tratado el asunto.

Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame de Noailles. Con todo y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a dar buenos consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de Bouhelier le debe mucho de su renombre.

Y con buenos lustros encima, era un formidable laborioso, pues teniendo a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense, y casi la dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su pegaso estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo de Retzsche. Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico impulso se elevaba al azul.