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Con motivo de su muerte se han repetido los ataques que la murmuración, con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos quedado en que nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan, los pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos, sólo que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al brillo de su talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha tenido su triunfo de belleza. Pero a veces la crítica aparta el prestigio de los dones singulares y se empeña en medirlo todo con igual rasero. Poco científico y poco justo. Cartouche no es Benvenuto Cellini, y Soleilland no es César Borgia.
ANTONIO DE ZAYAS
E aquí el poeta más español de todos los que escriben versos en España. De él decía hace algún tiempo: «Poeta diplomático. Es un señor. Continúa la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos; prendados de noblezas, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces, con pensamientos nuevos hace versos antiguos, y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En Paisajes, los hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II, que en cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus sonetos se resienten de heredianos algunos: los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.»