A esas afirmaciones, me complazco ahora en agregar otras.

Ese aristócrata—Antonio de Zayas pertenece a la nobleza—, ese hombre de protocolo y ese hombre de mundo, tiene un respeto y una pasión profunda por la dignidad del pensamiento y por la pureza del Arte. Sabe que el ciego Homero tuvo templos como los semidioses y que la lira es un instrumento sagrado aun en la época de los gramófonos y de las pianolas. Con su dignidad gentilicia trata a las musas, y ellas le corresponden con dones preciados y envidiables sonrisas. Tributario de la Diplomacia, peregrino de la Carrera, ha vivido en países extranjeros, en climas ásperos para el hijo de una tierra armoniosa y solar, y su noble pasión por las bellas letras le ha consolado, con la juventud y el amor, en sus horas frígidas y brumosas, pues, como Ovidio, ha podido escribir:

Solus ad egressus missus septempticis Istri
Parrhasiae gelido Virginis axe premor.

De esas oficiales peregrinaciones ha habido felices consecuencias poéticas. Los paisajes distintos, las costumbres exóticas, las evocaciones históricas y los espectáculos pintorescos han inspirado a nuestro artista de la palabra preciosas preseas, entre las cuales rítmicos «joyeles bizantinos». Él estuvo en ese Oriente europeo que ha cambiado de pronto al influjo del tiempo nuevo; alcanzó a ver la vida de la Turquía misteriosa y un poco miliunanochesca que han europeizado esos niños y ancianos terribles que se llaman los Jóvenes Turcos. Su saber y su gusto de poeta le hicieron aprovechar del lado bello y peregrino de las cosas. Y en armoniosas y bien sonantes estrofas nos regaló con sus impresiones y sensaciones orientales.

Él lleva consigo su luz y su sol nativos. Así os explicaréis cómo, según nos ha narrado en cierta hermosa página, sus Paisajes, esos versos que se dirían impregnados de llama andaluza y de calor castellano, fueron acordados «en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, durante el rigor del invierno, cuando, rodeado de nieve por todas partes y perdida la mirada en los turbios cristales del Melar, contemplaba en lontananza como único límite del horizonte, inmóviles ejércitos de abetos, solemnes como obeliscos funerarios.»

De tal modo su espíritu hizo brotar ardientes rosas bajo toldos de brumas en instantes cimerianos. Sus Retratos antiguos, sus Noches blancas, su Leyenda, son la prueba del constante ingenio y la maestría elegante de un artífice que, consciente y vigoroso, ha adornado su juventud con frescos y bien ganados laureles. Su reciente traducción de la obra poética de Heredia ha aumentado sus prestigios.

Se le ha querido absurdamente afiliar a esta o aquella tendencia literaria; quiénes le hacen seguidor de los clásicos, quiénes le declaran parnasiano, quiénes le bautizan con el absurdo epíteto de modernista. Los primeros se fijan en algunas de sus poesías construídas según los cánones de la poética ortodoxa castellana; los otros en la voluntaria ausencia de todo subjetivismo emocional, en la impasibilidad escultural de tales sonetos; los otros en sus novedades de expresión, en su virtuosismo rítmico. Él es simplemente un poeta, un artista del verbo; sincero, de conciencia, y como tal capaz de contradicciones en el proceso de su evolución mental, y en lo que no ataña a las ideas primordiales. Es un admirable evocador de figuras y escenarios del pasado. Hay en él como la herencia de una visión ancestral. Su énfasis es atávico, así como su buen gusto y sus aptitudes de aristócrata. Y no es un refinado hasta el límite decadente como el francés Montesquiou-Fesenzac, sino el descendiente de los viejos poetas españoles que a un tiempo amaban la lira y las máscaras, el arcabuz y la espada de Toledo.

Viajero y políglota, ha procurado siempre alejarse de toda heterodoxia de lenguaje, de ser en todo y por todo de su tierra. Y su misma simpatía por Heredia, tiene de seguro por razón el abolengo intelectual y familiar del sonetista franco-cubano, que tuvo ascendientes conquistadores como el bizarro don Pedro, fundador de Cartagena de Indias.

No soy yo amigo de las traducciones en verso. Un poeta es intraducible. Si el traductor es otro poeta, hará obra propia. El canto del poeta extranjero no será comprendido sino por los que entienden su música original. Con todo, alabo la traducción que Antonio de Zayas ha hecho de la obra herediana, porque ha dado a España la poesía de un poeta que tenía mucho en su espíritu de español; porque ha realizado su labor con nobleza y mucho conocimiento, y porque parece en ocasiones que, al ser refundida y troquelada con la alianza del metal castellano, vibrase más sonora la medalla francesa.