Así era. Salíamos del cementerio de Nuestra Señora de la Almudena; acabábamos de dejar bajo la tierra al poeta y escritor José Nogales. Y había una tristeza muy grande en el ambiente, en todas las cosas. Nada más lleno de la ceniza del otoño y de la pena del otoño que esta tarde. Yo no voy casi nunca a entierros. Padezco la fobia de la muerte y desde mi niñez me emponzoñó el terror católico. Quizás en la antigua Grecia, habría acompañado con cantos alegres y con flores, los despojos de un amigo. Mas ya en mis primeros años me poseyó el espanto de la Desnarigada.
Recuerdo que en la ciudad nicaragüense de León, cuando un vecino estaba para expirar, tocaban en los campanarios de las viejas iglesias un son lento y doloroso que infundía pavor, el toque de agonía. Al oirlo, en todas las casas se rezaba, encomendando a Dios el alma del agonizante. Eso ha desaparecido, felizmente. Pero en mi espíritu quedó la huella de tanta temerosa impresión mediœval. Así siempre he procurado no escribir ciertas palabras, no ocuparme en ciertos asuntos y no ir a los entierros.
...A acompañar a Nogales si fuí. Yo no le vi nunca. No fuí amigo personal suyo. Mas aparte de que era un compañero en La Nación, tenía todas mis simpatías por lo noble de su espíritu, por lo caballeresco de su manera, por lo castizo, por lo elegante y lo sensitivo. Luego, en medio de la comedia literaria, era un sincero, decía con claridad y franqueza su sentir y su pensar, y daba a cada cual lo suyo. Por eso creo que a su entierro, si concurrieron algunos hombres de letras y hombres de gloria, faltaron tales o cuales rozados por las firmes verecundias de Nogales.
...La procesión iba triste y lentamente, precedida por el fúnebre carro modesto, sin una sola corona. Vi en la concurrencia a Moret, a Canalejas, a Galdós y a Blasco Ibáñez, a Moya y a Castrovido, a Querol y a Benlliure. Yo iba en compañía de Valle-Inclán y de Antonio Palomero. Y hablábamos de la triste vida de las letras, de la terrible vida del periodismo, del vicio de la publicidad. Una vez que se ha probado de ella, ¡hasta el fin! Raros son los casos de liberación. He ahí un hombre que vivía relativamente feliz en provincia y quien, si le hubiese faltado un poco de talento, habría tenido algo más de existencia, exenta de luchas y de afanes. Según sé, poseía algunas tierras, y cultivaba las bellas letras en los periódicos de su región, gratamente. Pero ganó un día un premio en el concurso de cuentos promovido por un diario de la Corte, y a la Corte se vino lleno de ilusiones. ¿A qué? A afianzar su renombre literario, a hacer labor de periodista, sin dejar de ser lo que fué: un artista y un talento literario de primer orden. Esos artículos que aquí, a la francesa, llaman crónicas, y que son vistos aun por muchos que los escriben, como cosa de poca monta, como producción del instante y para el olvido, tuvieron en él un buen obrero que dejó mucho de valor antológico. Mas el cuento fué su trabajo preferido y aquel en que mayormente se hicieron notar su imaginación bizarra y su don de buen lenguaje y su culto de la tradición castiza. Su prosa era sana y fluida, quizá oliente todavía al terruño provincial y nativo; y si atavismos buscárais, habría que dar el gran salto hacia Grecia, de donde parecía traer su pasión de luz y de prosa marmórea el que pudiera ser considerado a través de tiempo y espacio un español homérida.
Dicen los que le trataron íntimamente que era de humor jovial y de carácter íntegro y generoso. Aún en las penas de la enfermedad parece que guardaba sus sonrisas. Y eso que, antes de la gravedad que le llevó al cementerio, padeció la pérdida de la vista, y para cumplir sus compromisos con los periódicos en donde trabajaba, se ponía a dictar miltonianamente, a una bella y joven hija suya, sus juicios y sus fabulaciones.
Si el sepulcro es la paz, paz tenga inacabable el compañero que ha partido.