Mariano ha creado unas «marionetas» que le sirven de intérprete de sus opiniones y de sus críticas, de vez en cuando. Madame de la Pilongue, una francesa importada que vale por tres; el profesor Humbugman, de la Universidad de Pluncake; Don Vicente de la Recua, Barón de la Reata, suelen representar sus oportunos papeles en el pasar de los cotidianos acontecimientos. También ha resucitado por su influjo otro personaje, creación de uno de los que él considera como precursores y maestros, el perínclito don Patricio Buena Fe, que no deja de parecemos un poco fuera de su centro y otro poco Falot, en esta época de autos, aviación y demás cosas precursoras del Antecristo...
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Ahora se trata de cuál sea la forma más indicada para rendir el homenaje. Hay un nombre célebre, una vida generosa y treinta y tantos años de labor. Por de pronto, está muy bien la lápida en la casa donde nació. Ahora estará muy bien pensar en darle la casa donde muera. Mariano ha sido la cigarra del periodismo. Ha desdeñado la intriga y la cábala, no ha querido ser más que un hombre de pluma y de libertad y no ha solicitado los que para él hubieran sido fáciles honores y prebendas. Ha sido un trabajador formidable en su temperamento acerado y hoy está tan vigoroso de intelecto como antaño. Pero ¡qué diablos! Uno no es de granito, y un día llega en que el cerebro necesita reposo, en que de las batallas del espíritu se sale quebrantado, aunque uno las gane. Y para los soldados del pensamiento no hay cuartel de inválidos. Dígalo el Mariscal Zorrilla, cuya corona de platería anduvo, en la ancianidad del glorioso, en una casa de empeño...
Pide la Prensa que Cávia entre a la Academia. La honra es merecida; pero no es Mariano para ir a sentarse gravemente a su sillón en la terrible tarea de cocinar el diccionario. A menos que haga lo que Anatole France en la Academia Francesa: no ir nunca a las sesiones. No veo yo a Mariano discutiendo un vocablo con el señor Cotarelo, o con el padre Mir. Mas si ello ha de ser, preparémonos a saborear el que será exquisito discurso de recepción del Benjamín de los inmortales españoles. Aunque ha hecho y hace más por el idioma desde las columnas de su periódico que lo que hacer podría entre los conservadores oficiales.
Y todo eso estará muy bien; pero estamos en el tiempo de ser prácticos. Hay que ser como los ingleses. El esfuerzo y la gloria son un valor que se cotiza. No a todos ha de tocar el premio Nobel; y los homenajes positivos son los más preciados homenajes. Cierto es que El Imparcial ha apoyado y apoya eficazmente a ese escritor que le ha dado lo mejor del jugo de su cerebro; mas no se trata de algo que deba hacer El Imparcial solo, sino toda la prensa y los poderes que ella mueva.
Que se haga, pues, algo que valga la pena, algo fundamental y algo contante y sonante. Y que se haga pronto, ahora que Mariano está todavía joven. No pase como lo que cuentan de cierto militar español, que cuando, ya viejo, le llevaban su sueldo de Capitán General, exclamaba:
—¿Y ahora para qué? ¡Si me hubiesen dado esto cuando yo era teniente...!