MANUEL S. PICHARDO

UANDO se habla de la Isla de Cuba como país lírico, en Francia se recuerda al «conquistador» José María de Heredia, y en España a aquella exuberante y hermosa musa que se llamó Gertrudis Gómez de Avellaneda en el tiempo apasionado y sonoro del romanticismo.

En mi primaveral adolescencia era ya Cuba para mí una tierra de poesía. La «Perla de las Antillas» era en verdad una inmensa y maravillosa perla, llena de mansiones ilusorias y de paisajes de encanto, como los paisajes de las Mil y una noches que el prestigioso verbo del Dr. Mardrus nos ha hecho conocer. Yo he tenido el amor de las islas, y entre todas Ceylán y Cuba me han atraído como dos soberbias mujeres; la una perfumada de las más finas canelas, la otra olorosa a rosas y jazmines. En pasados tiempos conocí a dos peregrinos que aumentaron mi entusiasmo. Era el uno un poeta rubio, bizarro y caballeresco, que recorría nuestro continente en una jira de leyenda, diciendo versos de amor y de patria, conquistando simpatías para la causa de la libertad cubana y damas para sus apetitos sentimentales y voluptuosos de don Juan errante. Se llamaba José Joaquín Palma. Era quien había escrito ciertos versos que, encontrados entre los papeles de Olegario Andrade, fueron publicados como del autor de la Atlántida, rectificándose luego la equivocación.

El otro era un fogoso y armonioso orador, que en los intermedios de sus bravas campañas patrióticas decía rimas de pasión y cuentos de ensueños en los salones donde era su palabra un atractivo y un hechizo. Se llamaba Antonio Zambrana. Ambos me hablaban de las dulzuras de su tierra, de sus mujeres incomparables y de sus nidos de amor. Me llegaba un aroma de bosques de la Isla de las Islas, un aroma de bosques entre ruidos de mar. Soñaba con las maravillas de un suelo lleno de vida bajo un cielo todo azul lleno de sol. Y era la visión de jardines deliciosamente criollos, exacervantes de olores, sonoros de arrullos de paloma, de cantos de pájaros, del revolar de las milanesianas cimarronzuelas de rojos pies... Y, como en Oriente, calcadas en el zafiro del celeste fondo, «las palmas ¡ay! las palmas deliciosas» que hicieron suspirar a Heredia el castellano, nostálgico de ellas junto a la catarata yanqui.

Soñaba yo con la Habana como con una capital de placer y de deleite. Una decoración extraña y pintorescas fortalezas sobre las olas, playas adornadas de árboles y flores del trópico; calesas en que iban marquesas blancas de grandes ojeras; criados negros, terribles y fieles; elegancias europeas en un ambiente tibio de pereza sensual, y, sobre todo, una cálida gracia que embargaría los sentidos y haría ensoñar de tal manera que se sentiría pasar la vida como una onda de miel y una caricia de seda. Y mi adolescencia se estremecía ante tantas imaginaciones.

Yo decía: Amar allá en Cuba debe ser amar. Decía: El gozo en Cuba debe ser un multiplicado gozo. Y sentía como el sabor de un beso de rara sulamita, con un algo de azúcares de níspero, de ámbar, y de la miel y de la leche que regocijaron el paladar del querido colega, del perfecto enamorado lírico que se llamaba Salomón.

Muchos años pasaron y pude por fin estar unas horas—las que el vapor me permitía—en tierra cubana. No tuve tiempo de verificar mi ensueño antiguo. Esas horas las pasé entre poetas y almas generosas que me manifestaron su confraternidad y su cariño en un banquete inolvidable. Entreví, sí, jardines, elegancias, ardientes poemas de carne, ojos milagrosos. Y con los poetas, entre tanta vida, la única visita que pude hacer fué a la Muerte. Ciertamente—el motivo no lo recuerdo—nos dirigimos al cementerio, en aquel día un tanto opaco, con otros amigos, Kostia el perspicuo, Hernández Miyares, cuya gentil arrogancia se arregla muy bien con su amabilidad cordial; Raoul Cay, aquel charmant Raoul en cuya casa bebimos un té digno de Confucio y nos vestimos de mandarines chinos con espléndidos trajes auténticos, mientras en el salón el General Lachambre hacía la corte a la soberbia María, hoy su respetable viuda; Julián del Casal, atormentado y visionario como Nerval, todo hecho un panal de dolor, un acerico de penas, ya con algo de ultratumba en las extrañas pupilas, y que hoy reposa en la paz y en la gloria que merecieron su corazón de niño desventurado y sus versos de hondo y exquisito príncipe de melancolías; Pichardo, el que es hoy laureado poeta de la Isla, y yo.

Tengo presente que íbamos conversadores y que retornamos menos locuaces y con alguna vaga tristeza. ¿Es que comprendimos que la visita debía ser pronto pagada?... Poco tiempo después llegó la Misteriosa, en su carro negro, a casa de nuestro pobre Julián.