VIDA DE LAS ABEJAS

ESPUÉS de haber publicado Maurice Maeterlinck su «Vida de las abejas», vió que su libro era bueno. El público y el editor fueron de su misma opinión. Así el autor prosigue en sus incursiones de poeta y de filósofo en el reino de la naturaleza. El libro sobre las flores, como el conocido sobre las abejas, está libre de toda pedantería científica. El autor declara al comenzar: «Quiero simplemente recordar aquí algunos hechos conocidos de todos los botanistas. No he hecho ningún descubrimiento, y mi modesta contribución se reduce a algunas observaciones elementales. Claro está que no tengo la intención de pasar en revista todas las pruebas de inteligencia que nos dan las plantas. Esas pruebas son innumerables, continuas, sobre todo entre las flores, en las cuales se concentra el esfuerzo de la vida vegetal hacia la luz y hacia el espíritu.» En todo naturalista diríase que hay algo de poeta. Y todo poeta encuentra motivos de meditación y de emoción en las mil formas en que se manifiesta la voluntad de vida sobre la tierra. Dos autores que fueron de los primeros en la dirección del movimiento simbolista en Francia, dos antiguos idealistas, son los que hoy producen estas obras de un género nuevo en que se junta la observación científica y la literatura: Maeterlinck y Remy de Gourmont. Con la diferencia de que el primero ha permanecido fiel al misterio, al más allá, y el segundo ha evolucionado hacia una concepción absolutamente materialista del universo. Pero ambos son escritores de su tiempo, y la «Física del amor» debe complacer a quien escribió la monografía sobre las abejas, y estas páginas excelentes sobre las flores.

Ignoro si tuvo ocasión antes de morir, el lamentado André Theuriet, de conocer el volumen en que me ocupo. Tan sincero y apasionado «forestier» habría gozado de todo corazón con ver tratada tan sutil y delicadamente lo que llamaríamos el alma de esas cosas tan amables y tan encantadoras que representan como la gracia femenina en el mundo de las plantas. Las flores aman, las flores tienen designios, las flores luchan y vencen en contra de las disposiciones del destino. Uno rememora las concepciones de Ovidio; y se llega a imaginar que algo que se relaciona con lo humano obra en la planta después de misteriosas y extraordinarias metamorfosis.

En el poema latino Dafne se transforma en laurel, Siringa en caña, Narciso en flor de su nombre, Driope en loto, Jacinto en flor, Mirra en árbol, Adonis en anémona, las Ménades en árboles, Ayax en jacinto, Apolo en olivo. ¿Quién no ha visto, con la ayuda del pensamiento y de la imaginación, gestos y ademanes en los árboles, coquetería, o modestia, o lujuria, o voluptuosidad, u orgullo en el imperio floral? El buen sentido de las naciones ha hecho muy justas denominaciones simbólicas, y el sencillo y antiguo «Lenguaje de las flores» contiene una crecida cantidad de correspondencias, como diría un swedenborguiano. Es el mismo Swedenborg quien dice esto: «El hombre se asemeja a los animales por las afecciones y los apetitos de su natural; se abandona a los impulsos de ese apetito y se acerca a los animales con que tiene más correspondencia y relación. De allí viene que en uso ordinario se le compare con ellos. Si es de un carácter dulce, pacífico, se dice: es un cordero. Si es duro, implacable, cruel, se le califica de oso, tigre; si es voraz, de lobo; si es glotón, de cerdo; si es engañador, de zorro, y así de tantas otras maneras de decir, fundadas en las correspondencias entre el hombre y los animales; correspondencias o relaciones conocidas, pero sobre las cuales no se reflexiona lo bastante para darnos cuenta de mil cosas, tanto naturales como espirituales, que el hombre ignora. Esta correspondencia existe también con el reino vegetal.» Esta última frase la subraya Robert de Montesquiou a propósito de las «Flores animadas» de Grandville. Un delicioso poeta mejicano, ya desaparecido, Manuel Gutiérrez Nájera, animó líricamente también a esas lindas criaturas, en sus versos sobre «La misa de las flores», inspirados por unos de Víctor Hugo en las «Chansons des rues et des bois».

J’errais. Que de charmantes choses!
Il avait plu; j’étais crotté;
Mais puisque j’ai vu tant de roses,
Je dois dire la vérité.
J’arrivais tout près d’une église,
De la verte église du bon Dieu,
Où qui voyage sans valise
Ecoute chanter l’oiseau bleu,
C’était l’église en fleurs...

Y en otra poesía también se animan las flores, en la que él titula «Celebración del 14 de Julio en la floresta»; y en otra aún, «La santa capilla», que acaba: