y por los prodigios divinos,

tuvimos pájaros cantores

cantando el verso del milagro.

Por la calle de los difuntos

vi a Nietzsche y Heine en sangre tintos;

parecían que estaban juntos

e iban por caminos distintos.

La ruta tenía su fin,

y dividimos un pan duro

en el rincón de un quicio oscuro