porque había muerto la voz.
Reinaba en todo una espantosa
y profunda desolación.
¡Oh, Dios!
de aquella larga procesión;
donde no se hablaba ni oía,
ni se sentía la impresión
de estar en la vida carnal
y sí en el reinado del ¡ay!
porque había muerto la voz.
Reinaba en todo una espantosa
y profunda desolación.
¡Oh, Dios!
de aquella larga procesión;
donde no se hablaba ni oía,
ni se sentía la impresión
de estar en la vida carnal
y sí en el reinado del ¡ay!