En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se retiraba llorando avergonzado:

«—Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!»

En sus últimos días, a un amigo:

«—¡Mi carne está ya madura para la tumba!»

Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que llenarían un volumen.

Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría: resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro extraordinario», Poe y Swift aplauden.

El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible, falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama confuso en el cual cruza como una creación fantástica la protagonista—obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers—, «Le Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la presentación de un personaje como mistress Andrews—en el medio norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía—, tipo rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. Sea suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre; y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y suprema, vencedora en su esplendorosa majestad.

No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán.

«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la posesión. Llégase hasta renegar—según la frase de Janus—de la naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede tener más desenlace que la muerte.

Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje, representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre de admiradores de poetas, de oyentes escogidos—sin que dejase de haber, según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal maestro,—hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien fué tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más fervientes deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo y tomaba por todo alimento diario una taza de caldo!