En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente de los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la Isla de Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre y porta-oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta y defensor de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de Solimán; y a Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se unía, en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que había ayudado a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su humilde y antigua querida, la cual le había amado y servido con adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre;—y el mismo fraile preparóle para el eterno viaje. Luego, después de recibir los sacramentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los cuales Huyssmans, Mallarmé y Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. Sire, «¡Va oultre!»
LEON BLOY
Je suis escorté de quelqu’un qui me chuchote sans cesse que la vie bien entendue doit être une continuelle persécution, tout vaillant homme un persécuteur, et que c’est la seule manière d’être vraiment poète. Persécuteur de soi-même, persécuteur du genre humain, persécuteur de Dieu. Celui qui n’est pas cela, soit en acte, soit en puissance, est indigne de respirer.
León Bloy. (Prefacio de «Propos d’un entrepreneur de démolitions».)
UANDO William Ritter llama a León Bloy «el verdugo de la literatura contemporánea», tiene razón.