Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.» Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto; precedido de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo primero para indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un gerarca de la iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al «off», al «vitch» o al «ski» slavos. A principios del siglo, esa familia de nombre inmenso, «Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la libertad de la Grecia. Su padre había quedado en la capital y era dignatario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias. «Y aquí,—decía Moreas a Byvanck,—y aquí comienza la historia de mi rebelión. Mis padres habían concebido una alta idea de mi porvenir y querían enviarme a Alemania, donde recibiría una buena educación. Hay que recordar que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba ambas lenguas. Quería ver la Francia; niño aun, ya tenía la nostalgia de París. Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a Alemania, y me volví dos veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París. Era que el destino me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para darme cuenta de mis acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he dejado abatir y he mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi pereza,—según sus palabras,—y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hubiera podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno herido en lo más vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y aun le hieren. Yo nunca he hablado de esto con nadie...»
Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a conquistarse un envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el desconocido es ya «alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que citar, le llama «el poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas no fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y de acomodaticia humildad de muchos de los que fueron antaño sus compañeros, su gloria habría sido sonoramente cantada por el clarín prostituído de la Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está acorazado de orgullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese desdén, se ha formado más de una leyenda, que circula por los cafés estudiantiles y literarios del Barrio Latino.
Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios, con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle; ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café seguido de una cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de Verlaine, que ve de reojo al fauno maldito; ya el recitador de sus propios versos, que se alaba pontifical y descaradamente, delante de un concurso asombrado o burlón. Después de todo, la mala voluntad ha quedado vencida. No hay sino que reconocer en el autor del «Pelerin Passionné», a un egregio poeta. «El único,—dice el escritor holandés,—que en todo el mundo civilizado puede hablar de su Lira y de su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos rumbos antes de seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de las letras, como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus hijos los parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus enamorados de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart. Artistas, ante todo, eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del Arte.
Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que sostener el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables ataques de los contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus baterías sobre los recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en su burla, desde las columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles Morice; y pintaba a los odiados reformadores, con colores chillones y extravagantes perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran según el crítico, sentidas y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de Tartaria, o de no sé dónde, en un bello verso? Pues eso era muestra de un innegable desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la salud, de la alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde tranquilo y bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los diarios que no había motivo para tanta algarada; que el distinguido señor Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por alegres desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen vino, y eran poco afectos a las caricias de la diosa Morfina; que preferían beber en vasos, como el común de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos; y que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y de las brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Melancolía, de la Risa gala, su gorda y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron, Goethe, Lamartine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan visto en la vida una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el campeón de las lágrimas. Después se ocupó de la exterioridad de la poesía decadente y expuso sus cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro» un manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolución, la anunciación «oficial» del simbolismo. Los simbolistas eran para los románticos rezagados y para el naturalismo, lo que el romanticismo para los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de la joven falanje, nietos de Víctor Hugo?
Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que distinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas, con caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto hace ya algunos años.
Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las alas, y para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos documentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como todo verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las inextrincables montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en el «The chez Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios son ya un augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche de intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al último «Pelerín?» Claro está.
«He crecido»,—dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada de Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas ilustres la cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar los quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los tanteos de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y potente?
El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y regio de los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de esos primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente escritas por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en la primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que la orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema poliformo modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible aquella magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien rimadas en estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios, luciente de los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la pasión y de la juventud.
Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores, instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía. Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!» Clama Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora de esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido, al cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del sonador. El viene después del enfermo René y del triste Olimpio.
Es el invierno. Arde en la chimenea