El fuero brillador que estalla en chispas,

como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. Fuera pasan los vientos de la fría estación. Dentro, el gato mayador se enarca y se estira lánguidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada de los cortinajes.

Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las ternuras acabadas y los amores difuntos. El recuerdo vuela primero al divino país de Grecia. Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pórticos; donde en el follaje argentado de los árboles de torsos flacos, crepitan las agrias cigarras, ebrias de las copas del Estío.» Es en la tierra de las olímpicas divinidades y, de las musas, donde la virgen helénica, de florecientes senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el embriagador vino del primer beso sobre sus labios secos de sed. Luego pasará la dama enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va en una barca mágica o en una góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire los «pizzicatti» de las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño largo tiempo acariciado, la dama que se yergue como una flor, con su falda de brocatel, cual pintado por el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas fatales, reinarán siempre, bajo apariencias distintas. Si un rostro de niña rubia se asoma a la ventana, será la pálida Margarita. En un paisaje duro y vigoroso, al canto de las cascadas, brotará la forma de una catalana, de pie pequeño y ojos brilladores; y en París,—seguramente en un decorado de cámara privada,—ríe la serpentina parisiense, bajo su sombrero florido.

Y es en ese instante, cuando el poeta casi siempre casto, pone el oído atento a la lección del encendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus ramilletes galantes en los parques ducales, cerca de los viejos chambelanes que madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de labios de bacante y ojos de madona, que cruza semejante a la vaga figura de un mito, en tanto que las harpas dejan escapar un trémulo acorde en el salón de las armaduras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus alas la frente del vate recordándole las futuras apoteosis de la Gloria. Nuestros ojos se detendrán ante un retrato de mujer, esfíngico y encantador, o veremos al enamorado dedicar, adorador de unas blancas manos, perlas a los dedos liliales. Querrá también, tentado como Parsifal, ofrecer sacrificios a la Venus carnal y matadora; pero protegido por especial virtud, cual por un Graal Santo, volverá a flotar en el azul de la eterna idealidad. En el claro de la luna, un beso. El amor que soñará será triste y sollozante, lleno de meditaciones y furtivas caricias. Canta su amargura delante de la triunfal beldad, y, a pesar de la obsesión de los deseos clandestinos, y del soplo impulsivo de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y místico ambiente. El sueña con la bella vida del amor invencible. La canción invernal languidece en las cuerdas. La amada y el amado están cerca de las llamas de oro de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido pintor, donde en una fiesta de colores corre el agua de una fuente, bajo un toldo de hojas; se alza a lo lejos, la montaña, y, en primer término, bajo el sol del trópico, grandes bueyes blancos,—como los del robusto Pierre Dupont,—elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes cuernos. La feliz pareja sólo soñará un instante, pues pronto llega la amarga onda a invadir los corazones. Los corazones sangran martirizados como en los versos de Heine; el invierno será tan sólo nuncio de penas y de desiluciones; los besos han partido como pájaros en fuga; las rosas están marchitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos, en vano buscarán la mística figura. Es un cuento de amor, un cuento otoñal, escuchado cuando el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas de los árboles deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy wagneriano. Muy bello.

De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una visión que presto desaparece. Son las negras cabelleras, los talles, las caderas harmoniosas, las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y las manos! Esta deliciosa parte de la escultura femenil, atrae especialmente a Moreas. ¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de Diana encombando un arco, o de Ana de Austria deshojando una rosa, o vertiendo en una copa de plata un poco de sangre moscatel!

Carmencita, la española, desfila, mas no como era de esperar, en un paso de cachucha o en un giro de fandango; a esa hechicera meridional, canta el poeta un lied del norte.

Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al brillo aurisolar de la custodia, o en el aposento tapizado de rosa y aromado de lilas; y como divino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave azul que resucita las esperanzas; pero la cual buscara en vano el náufrago, pues volará hacia esas sirtes en que el propio piloto ha buscado el naufragio. Hasta el final de este primer libro se siente el influjo del desencanto. Mas aun, la sombra de Baudelaire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que aprendió a amar y a cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras, relámpagos de satanismo. El se pregunta:

Quel succûbe au pied bot m’a t-il donc envouté?

Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar en el jardín del soñador, las plantas que producen las flores del mal. Y sobre el suelo en que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse a la luz del claro sol, las huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, o el demonio. La pobre alma quiere librarse de las llamas libertinas, de las larvas negras, de las salamandras invasoras. Lamenta la pérdida de la alegría de su corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el que ha agitado las alas un mal vampiro. El tenderá sus brazos a la naturaleza y al Oriente divino. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun más, incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus trompetas cabalísticas auguran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy bellas y luminosas, pero caóticas, como una puesta de sol en nuestros cielos americanos, en que la confusión es el mayor de los encantos.

La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas juveniles, cuando Julieta nos canta con su dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No te vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nuevo período. El traje del caballero es de un tono más obscuro. La espada siempre pende al cinto; se nota el triunfo de los terciopelos sobre los encajes. Ha sufrido el joven caballero griego. No son por cierto notas alegres las que primero escuchamos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen vestiduras de duelo. La pena del placer perdido hace demandar las voces arrulladoras y los aromas embriagantes; el jardín de Fletcher decorado por la musa sonámbula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera de duelo, de llanto, casi de histerismo, y una luz espectral sirve de sol, o mejor dicho de luna.