Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte
qui tombe, et que je sois à l’abri de la syrte
où j’ai fait si souvent naufrage près du port.
Así canta el mal herido de desesperanzas.
Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no llegan todavía. El va cerca de la mar, de la mar femenina y maternal, a dejar en sus riberas lo que queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la púrpura de su orgullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el interludio parece que quisiera entregarse a la felicidad de una alegría ficticia. Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado y querido Campoamor, toca la gaita y rige las danzas con el alma apuñalada de pena. Gestos, expresiones, impresiones fugaces, paisajes nocturnos en una calle parisiense; y en las estrofas una mezcla de vaguedad germánica y de color meridional.
El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es escuchado por el cantor nostálgico, a la luz del gas de París.
Preséntasenos también una legendaria escena nocturna que ya habíamos visto, lector, acompañada por blanda música, gracias al inmenso cordaje de la lira de Leconte de Lisle. Los Elfos del norte cantan coronados de hojas perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada viene en su caballo negro, haciendo espejear su casco argentino a la luz de la luna. Es osado, y sus armas no han conocido nunca la vergüenza de las derrotas. Su corcel va como si fuese alado, a las punzadas de las espuelas de oro. El caballero muere vencido en las «Odas bárbaras.»
El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a ver y cuyo caballo apenas se oye galopar, no es aprisionado por el encanto. En el instante del nacimiento de la aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es la silueta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la frente en las manos.
Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Después de tanta niebla, halaga por una visión de claros ríos y de puentes pintorescos.
El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes musicales, desfilan una marquesa enamorada y un envuelto capuchino. Moreas es un exquisito grabador de viñetas. Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste sus personajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de ese conocedor de todos los refinamientos.
«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas; pocas, pero admirables, cortas, pero conmovedoras. El klepto siente volver a su memoria las narraciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, vencedora en su fidelidad; y, tal como se sabe en las narraciones de la isla de Candia, la mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y que después sufre el castigo de sus crímenes. En esta sección nos deleita el errante perfume de la fábula, las ingenuas repeticiones de versos y de palabras de los poemas primitivos, los metros apropiados a la música de las danzas; y nuestro asonante español, aplicado en estrofas cortas, y en argumentos donde aparece algún héroe de gesta o alguna princesa de tradición, en sangrientos sucesos de antiguos adulterios y de incestos inmemoriales. Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de Amadis; armaduras que se entrechocan en la sombra medioeval.
En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la región de los conceptos puros, nos sentimos envueltos en una sombra absolutamente alemana. Su metafísica adormece. Subimos a alturas inaccesibles, rodeadas de obscuridad. Felizmente pronto entramos al reino encantado de las ficciones portentosas. Raimondin, corre a nuestra vista, en su cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve en su sutil polvo de plata. Los castillos del tenebroso encantamiento se deshacen y la Enteléquia, desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No es sino en una fuga crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, el enano Fidogolain, «que, ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas», y la Muerte, la Thanatos cabalgante, que exige para el contorno de su esqueleto el lápiz visionario de Alberto Durero.