Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort», «La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis», «L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos, rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en latín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada transparencia, y los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser expuestos a la luz del sol.
Los tipos de sus obras son todos excepcionales.
Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los otros suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven que ha asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero, cuenta y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel acto. La figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las mejores creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como inverosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un análisis psicológico admirable.
Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que simboliza a Madama la Muerte!
Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano llevada a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de esqueleto; se miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos están hundidos en las cuencas.
El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas pesadillas, en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a la víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente como si se apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y espantoso olor de la cadaverina...
La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare:
A womans’s face, with natures own
hand painted...
Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según él por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques, ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del florista la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing le colocaría entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio sexus paranoia.»
El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las «Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos: