...des mots si specieux tout has
que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne.

Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de los llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y desconocido, antinatural, prohibido, peligroso.

Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo el cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la nuca, como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada! mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda ella el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el pecho blanco, prendido con descuido, hay un ramillete de botones de rosas blancas.

Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.

Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas.

Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza; las faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu» teatral, ya una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro talento. Tiene palabras especiales que os descubren siempre algo ignorado y «sobre entendido» de una sutileza y malicia que inquietan.

Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos, los convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos!

«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito: la humanidad indiferente.»

Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre—dice a propósito de un libro de su amiga María Krysinska—es un encantador «non sens», es un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta su última licencia!»

En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.»