Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y si buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer», «Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la volupté unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le mal. Et l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se trouve toute volupté.»

En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas—como antes «moneurs de loups»—pues en nuestra época llamada moderna, mil veces más siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos principios, abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los precursores del Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los tiempos están próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con una asombrosa rapidez sobre el sombrío horizonte!

Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría el profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio!

¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...? Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que escribió con el título: «Imagen de Piedad.»

Es la que sigue:

«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre buen hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega del mes de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos, cuyos huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca. Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le habían puesto la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan enfermo como él y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!»

En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como un deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí estúpidamente plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó, afirmándose sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus cordones floridos, con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»; inflando sus mejillas bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote, vestido de un inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a través de una custodia de fuego...

Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa; ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.

El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó su gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues hacía un calor espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo con sus dientes de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el animal en el campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no osando ni uno ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con llamas. La procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se acercaba al próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas nuevas de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no volvería el viejo de su asombro de haber visto una tan enorme muchedumbre de cristianos bien puestos. En fin, llegó el momento en que pasaron los cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de pecho, los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las muletas, que tomaba rapé cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía la manía de plantar su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde.

Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas doloridas, conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía ya lo que hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una cuerda invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que corría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy chico, antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote con vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado tras las mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario; había tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes latidos de corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de las casullas, con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su prometida... y después, no se acordaba mucho, los años corrían todos iguales, como las tocas blancas, como las alas palpitantes de todas esas cabezas de mujeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el menos digno, tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el objeto de su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro del cántico; los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con aire de resignarse, pues que se iba al paso...