Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles escandalizados. Se le enviaban muchachos para decirle que se volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín! Circulaban risas de muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el señor cura, no quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo que venía a murmurarle su sacristán al presentarle el incensario.
La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de la iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta. Entrar con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los pollos, la manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los fieles, cargados de pecados, sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo el vencedor relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el pobre viejo se signó, descubierta su frente, una última vez, ante la ojiva sombría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa obscuridad temible una extraordinaria aparición: del fondo de la iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura asombrando a sus feligreses endomingados, el cura con su casulla luminosa, aureolado de estrellas, de cirios, nimbado de las nubes del incienso... y el sacerdote, con una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, la custodia de allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que lloraba de alegría, sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pendían, ¡ay, tan lastimosamente...!»
Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa, habría sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué casuísta, qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo campesino y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por ella... ¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del cerdo?
GEORGE D’ESPARBÉS
OMO el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París.
Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas, literatos, poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea calumnia levantada contra la juventud literaria de Francia, que ha sido tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo.