Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima. Pero en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la magnífica realeza de ese «anarquista.»
Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal Apolo.
En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña, con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...» Laurent Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas «Lettres de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha derramado en una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero de enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y jovial. Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas; ¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y bufonesco, burla a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las palabras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo opuesto de sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches literarias de la «Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un elegante volumen ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan,
...C’est Peladan-Tueur-de Mouches...
Quand Peladan coiffé de vermicelle...,
ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas; ya la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de Vaillant.
Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza, valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo mismo que en el fulminante Bloy.
Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su figura es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.
Hay un retrato de «Dom Juniperien»—pseudónimo suyo, en el «Mercure»—que le representa sentado en una vieja silla monástica, vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende en una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la cabeza firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de sportman, cuyas guías aguzadas denuncian la pomada húngara. De las obscuras mangas del hábito salen las manos blancas, cuidadísimas, finas, regordetas, abaciales.
Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es raro, rarísimo. ¡Un poeta!