La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas. Fra Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más de una obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo que le ha señalado un puesto único en la literatura mística universal, son las «Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y versiones. «Le Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal ingenua gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No conozco las otras traducciones suyas de obras diversas, como el «Pangilingua» o «Suma de Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de que habla Costero: Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las «Ammonizione» de San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra Simone de Cascia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y Vicios.»

La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto, amor todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La ternura rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a escritora como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer ermitaño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme si digo que Anatole France ha leído a nuestro autor para escribir imitaciones tan preciosas como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de nacre.» Las creaciones del paganismo alternan con las figuras ascéticas. Pinturas hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la inocencia, y que en boca de un autor moderno serían demasiado naturalistas. En la vida de San Pablo es donde se cuenta el caso de aquel mancebo que, tentado para pecar, por una «bellísima meretriz», sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora.

El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que habitaba en el Yermo, es página curiosísima.

Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y de los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el nuevo Dios, con el triunfante Cristo.

Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo citas históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas increíbles o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió, su cuerpo fué conservado «(insalato)» para que el calor no le descompusiese, y llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo el mundo puede dar testimonio.»

Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria, del cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado entre el Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística conversación, propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en peregrinación por el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el cielo con la tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciudad que encontraron después de muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde adoraron la santa cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en Belén, y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a Persia, el cual imperio recorrieron. Luego van a la India, y empiezan para ellos los encuentros raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada en la cual habían entrado a orar; les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte de hambre; Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes obscuros, llenos de víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos, en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma se les aparece y les conduce. Encuentran una tabla de mármol con una inscripción referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran escrita la dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren nuevas fuerzas. Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes que parecían arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir estridentes de aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen.» Una voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a Cristo.

Hallaron después a un hombre inmenso—una especie de Prometeo—encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su clamor doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en un lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero—los adjetivos son del original—vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a voi conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con esta franca indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino. Hallan en seguida cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas agudas. Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid vuestro camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por Dios, hasta el día del juicio.»

Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas—Ezequiel, Isaías—, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales. Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una dulzura en el paladar como de miel.

Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un ensueño, vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba una agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral era color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba estrellas, más radiantes que las que vemos en el cielo:—sol, árboles, frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso detalle: «la terra medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’ altro rosa.» No concluyen aquí las maravillas encontradas por estos divinos Marco Polos. Después de verse frente a frente con una tribu extrañísima—a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera, gritando,—Dios calma sus hambres y sedes con hierbas que brotan de la tierra como cayó el maná bíblico del cielo.

Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha sido comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la leche. El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la mucha vejez casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se oía, la piel del rostro casi como una piel seca.»