Son âme, une eau limpide et calme de fontaine:
Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres,
Reflète indolement la rêverie hautaine
Des lis épanouis dans les demi ténébres.
Une angélique Main, qui lui montre la Voie,
Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire,
Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie
L’écho perpétuel de son chaste sourire...
Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo de una celeste nieve... Etcétera...
Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea en ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido.
León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur, pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor y cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el lírico envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería a toda costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas y ardientes queridas. Era así Dubus.
No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos colores de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los violines habían ya partido...
Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio de ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una Pravaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un lirio de poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines...
Henri Degrou—otro perfecto desconocido—nos ha contado de él cómo apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando dos cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo; periodista clamoroso y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune Republique» y en la escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria; poeta en el «Chat Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de la parvada mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a las que no nombro por ser muy conocidas de los «nuevos.»
Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese, lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar algo en que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del bulevar, de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des Esseintes», en fin.
Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont partis»,—libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque era de subscripción y no se vendía en las librerías,—los pocos, los que le comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes poetas de la nueva generación.