Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y la cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto perfume de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico...
Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma:
Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps
Enveloppés de leur linceul de décadence,
Où tante joie est travestie de Mort qui danse,
Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,
Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge
Des griffons prisonniers dans des palais de songe.
En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrificios, se queman todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en un estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz bizantina—algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam—sus deseos y sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de amor, en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la transformación: cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su aliento las corolas frescas; cómo estremece de asombrado espanto los blancores liliales con sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la roja violadora de lises.
La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de Verlaine;
Cœurs tendres, mais affranchis du serment.
En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra del Capripede.
Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de aquellas palabras
si specieux, tout bas,