El poeta.—No, no es obrar prudentemente, porque dan a aquellos cuyos hijos matan, el don del sufrimiento.
El rey.—Pero ¿crees tú que el don del sufrimiento sea una buena cosa?
El poeta.—Sí, señor.
El rey.—Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás entre la muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un manto sobre tus pensamientos. Se está a solas contigo, y te asemejas a los raros a quienes voluntariamente se escogería por amigos. ¿Por qué es así?
El poeta.—Señor, cuando os queréis bañar en el río, no os desvestís cerca de donde pasan los que van a la iglesia, sino que buscáis un lugar solitario...
El rey.—Naturalmente.
El poeta.—¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma y por eso es que no me desvisto cuando hay tanta gente en la sala.
El rey.—¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a ser poeta y quién te ha enseñado la poesía.
El poeta.—Señor, la poesía no se aprende.
El rey.—¡La poesía no se aprende! Entonces, ¿cómo has hecho?