Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la acción y del pensamiento.

Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con inaudito valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas flechas de los bárbaros blancos.

Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre su faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha obedecido su autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va por la tierra en medio de los dolores de los hombres siendo el eco de todas las quejas. Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan así: «Cisne cándido, siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la alegría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia; protector majestuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas sin jamás producir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico.

Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te importaban?

Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste tu dolor...

¡Y eras un cisne!»

El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta ártico—y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por obra del dios Wagner—es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma.

He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías.

¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con mayor soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del placer, y el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno.

Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano; todo el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna; toda la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del luminoso enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen. Por las ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las mujeres que habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros. Y el clarín enemigo suena contra los engaños sociales; contra los contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública; contra la burguesía, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios; contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del cuento, derramarían sangre humana; contra la explotación de la miseria; contra los errores del estado; contra las ligas arraigadas desde siglos de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la misma naturaleza; contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el cerebro de la mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los aparecidos», así en «Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así en «Solness», así en «Las columnas de la sociedad», así en «Los pretendientes a la corona», así en «La Unión de los jóvenes», así en «El pequeño Eyolf».