El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza, Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán elevado y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a su vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje, la asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que muestra comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha hecho desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París, pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea y del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores, exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio.

Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha cincelado su especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden llegar todavía a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los cabellos blancos e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor del Porvenir?

José Martí

JOSÉ MARTÍ