EUGENIO DE CASTRO
(Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires).

EÑOR presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa. Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar mis palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de Italia—el Ermete maravilloso—se mantiene en la consagración de su ideal «en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el recuerdo de una antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura dulce y trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en aquella ciudad universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que había de representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento intelectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de las cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado de Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso de siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los labios del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico trueno de trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana salomónica. ¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de esplendorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el viajero casi mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su valor y su sed de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de aquellos antiguos atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas distantes de las tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros prodigiosos y volvían con las perlas arábigas, los diamantes de Golconda, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los misteriosos continentes y en los hechiceros archipiélagos, trayendo al propio tiempo la impresión de sus visiones en la realidad de las leyendas, en las visitas a islas raras y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro, bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira, vuelve de sus incursiones a un Oriente de ensueño, de sus expediciones a los fantásticos imperios, a países del pasado, lleno de riquezas, dueño de raras piedras preciosas, conquistador y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impregnado de exóticos perfumes.

Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España, parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la muralla de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre hasta ella la oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos, el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el alma portuguesa llama la atención del mundo, la patria portuguesa encuentra en el extranjero lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de Lusitania florece en harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros, latinos, hispano-americanos, debemos mirar con orgullo las manifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como propias las victorias que consigue en honor de nuestra raza.

Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que florerecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia bahía, un cielo generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que invita a la vida, altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y en sus damas una distinción gentilicia como corona de la belleza. Y consideraba al hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos famosos, Magallanes cuyo nombre quedó para los siglos en el extremo sur argentino, Alburquerque, el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la figura dominante, aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco.

Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de Alfonso Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto cruel, con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo d’oiro»; los trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien Camoëns compara con el grande Alejandro:

Eis depois vem Dinis, que bem parece
Do bravo Afonso estirpe nobre e dina,
Com quem a fama grande se escurece
Da liberalidade Alexandrina.
Com este o Reino próspero florece
(Alcançada já a paz áurea divina)
Em constituições, leis e costumes,
Na terra já tranquila claros lumes.

Fez primeiro em Coimbra exercitar-se
O valeroso officio de Minerva;
E de Helicona as Musas fez passar-se
A pizar do Mondego a fertil herva.
Quanto pode de Athenas desejar-se,
Tudo o soberbo Apollo aqui reserva:
Aqui as capellas dá tecidas de ouro,
Do bacharo e do sempre verde louro.

«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea paz divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase el valeroso oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a pisar la fértil hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse, todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro y de siempre verde laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que despierta el «Quijote»; Mascías que muere por el amor, y tanto porta-lira que en tiempos propicios a las Musas las glorificaron en el suelo lusitano.

No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa ha sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones espirituales son en el resto del continente completamente ignoradas; y hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la universal atención y del estudio de los hombres de pensamiento y de arte. En nuestra América española, el conocimiento de la literatura de lengua portuguesa se reduce al escaso número de los que han leído a Camoëns, la mayor parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En cuanto a lo moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los versos de Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio», que ha esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa editora peninsular.