No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico. De Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la filología y la erudición están representadas por más de un nombre ilustre en los anales de la civilización humana; su lengua, que ha pasado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio de Castro y de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas puras joyas del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss».

Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad napoleónica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una especie de Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa; una especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable. Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente, ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la tristeza. Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica dulzura: «saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la poesía de Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y sonoras olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria, afianzando en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia el futuro. El prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de «Cronwell», fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación. El sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y Adozinda, pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret—sin que intente defender la perfección de su obra—ha quedado como uno de los grandes románticos, que a comienzos de esta centuria han iniciado una revolución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano de Castilho se presenta, «enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a los quince años; su obra posterior, si es de un romántico declarado, como que procede inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito de su «Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego, altiva y majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo brotar de la más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre: comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador fué asimismo aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico, no dejéis de observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las «Meditaciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina y duradera de su prosa, supo construir más de un soberbio monumento. Si sus novelas y los que podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales, son de notable valer, su fama se sienta sobre el pedestal de su obra histórica, al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima en donde se pueden encontrar algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno período contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va agitar a París la bandera portuguesa; brillan los nombres de Casal Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, entre los cuales despide excepcional luz el del noble y egregio Teófilo Braga. Conocemos algunas poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde Madrid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales liras lusitanas.

Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y de pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte de Verlaine, la del gran poeta João de Deus.

El viejo João de Deus, «el poeta del amor», a quien Louis Pitate de Brinn Gaubast no ha vacilado en llamar «un Verlaine—con la pureza de un Lamartine», fué también un precursor de los artistas exquisitos que hoy han colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como en España, como entre nosotros, la exageración romántica, el lacrimoso, falso y grotesco lirismo personal que tuvo la fecundidad de una epidemia, halló en Portugal su falange en los seguidores de Palmeirim y João de Lemos.

Contra esos se opuso João de Deus, ayudado por el triste y malogrado Soares de Passos, que iniciaron algo semejante a la labor parnasiana de Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen vino de emoción. La obra de João de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo Braga: «volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; dió al verso la armonía indefectible por la concordancia de los acentos métricos con la acentuación de las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo tiempo un colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, renovando también el soneto y el terceto camonianos, con un tinte de gracia de los modismos populares. En la fábula de la «Cabra» o «Carneiro e o Cebado,» resolvió magistralmente el problema presentido por los llamados nephelibatas, de la remodelación de la estructura del verso; encontró que el verso puede quebrarse en los hemistiquios más caprichosos, y aun sin sílabas definidas, pero siempre cayendo dentro de la armonía fundamental y orgánica del verso tal como el oído romántico lo estableció. La perfección de la forma no bastaba para que João de Deus ejerciese un influjo inmediato; sería admirado como artista, pero no tendría el invencible poder de sugestión en los espíritus. Además de esa perfección parnasista, sus versos expresan estados de alma, la pasión íntima, vaga y casi timorata de los antiguos trovadores; aspiraciones indefinidas, como las de los neoplatónicos o petrarquistas del Renacimiento; la unción mística, como la de los versos de los poetas extáticos españoles; y, finalmente, la sátira mordiente, como la de los «goliardos» y estudiantes de la tuna de las universidades medioevales, cuyo espíritu se advierte en las estrofas de «Dinheiro,» la «Lata» y la «Marmelada». La impresión que produjo cuando la poesía caía desacreditada por las exageraciones ultra románticas, fué grande, se hizo sentir en una rápida transformación de gusto y esmero en los nuevos poetas. Con verdad y justicia, João de Deus fué proclamado el maestro de todos nosotros.»

Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor celebra Teófilo Braga, y cuyos despojos se habían cubierto de blancas rosas frescas y de laureles, un joven le despide con un saludo glorioso, como se saluda a un pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el mismo que enviara al féretro del consagrado cantor de amores, una corona de violetas y crisantemos, con esta leyenda: «A João de Deus, Eugenio de Castro.» Le despide con nobleza y orgullo principales, salvando la esencia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presentación verdadera de la obra de João de Deus, libre de las tachas y aglomeraciones perturbadoras que impone la crítica indocta y fácil en la incompetencia de sus admiraciones. Lamentó con una honda voz de artista puro, la belleza poluta por la brutalidad de la moderna vida, por las bajas conquistas de interés y de la utilidad. «El americanismo reina absolutamente: destruye las catedrales para levantar almacenes: derrumba palacios para alzar chimeneas, no siendo de extrañar que transforme brevemente el monasterio de Batalha en fábrica de conservas o tejidos, y los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o en club democrático, como ya transformó en cuartel el monumental convento de Mafra. Las multitudes triunfantes aclaman al progreso; Edison es el nuevo Mesías; las Bolsas son los nuevos templos. El humo de las fábricas ya obscurece el aire; en breve dejaremos de ver el cielo!» Tal es la queja; es la misma de Huysman en Francia, la queja de todos los artistas, amigos del alma; y considerad si se podría lanzar con justicia ese Clamor de Coimbra, en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en los Estados Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá levantar un gigantesco Sarmiento de bronce, como la libertad de Bartholdi, la frente vuelta hacia el país de los ferrocarriles.

Ese artista que de tal manera exclama «¡en breve dejaremos de ver el cielo!», es uno de los más exquisitos con que hoy cuenta la moderna literatura europea, o mejor dicho, la moderna literatura cosmopolita. Pues existe hoy ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma estrella a la morada de su ideal; que trabajan mudos y alentados por una misma misteriosa y potente voz, en lenguas distintas, con un impulso único. ¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo, felizmente, de la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más, artistas a quienes distingue principalmente la consagración exclusiva a su religión mental, y el padecer la persecución de los Domicianos del utilitarismo; la aristocracia de su obra, que aleja a los espíritus superficiales, o esclavos de límites y reglamentos fijos. Entre las acusaciones que han padecido, ha sido la de la obscuridad. Se les adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que se nutren en los periódicos les declararon incomprensibles. En los países del sol, se dijo: «son cosas de los países del Norte. Esos hombres trabajan en las nieblas; sigamos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta por fin, que la luz también pertenece a esos hombres, y que los palacios sospechosos de encantamiento que se divisaban entre las brumas de Escandinavia y en tierras donde sueñan seres de cabellos dorados y ojos azules, alzan también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores del mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y las prodigiosas visiones penetran también por las pupilas negras.

En los tiempos que corren, dice de Castro, el diletantismo literario, ese joyero de piedras falsas, dejó de ser un monopolio de los burgueses, ha pasado hasta las más bajas clases populares. Cuando las otras ocupaciones intelectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y la química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por ahí «boni frate» que no se juzgue con derecho de invadir el campo literario, exponiendo opiniones, distribuyendo diplomas de valer o de mediocridad.

Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para los literatos, como las matemáticas son sólo para los matemáticos y la química para los químicos. Así como en religión sólo valen las fes puras, en arte sólo valen las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión artística, es necesario ser un artista.

¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudablemente, sí. No conozco los detalles de su campaña intelectual; pero no impunemente se llega a tan justa gloria a su edad, ni se producen tan admirables poemas. La gloria suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es por cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera con las medianías; es la gloria de ser comprendido por aquellos que pueden comprenderle; es la gloria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre no resuena sino desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su «Oaristos» apareció hace apenas seis años. Después se sucedieron «Horas,» «Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino después que conocí al poeta por la crítica de Italia y Francia. Abonado por Remy de Gourmont y Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puertas de mi espíritu. Leí sus versos. Desde el primer momento reconocí su iniciación en el nuevo sacerdocio estético y la influencia de maestros como Verlaine. Y en veces su voz era tan semejante a la voz verleniana, que junté en mi imaginación el recuerdo de de Castro, al del amado y malogrado Julián del Casal, un cubano que era por cierto el hijo espiritual de «Pauvre Lelian». Eran versos de la carne y versos del alma, versos caldeados de pasión, o de fe; ya reflejos de la roja hoguera swinborniana o de los incensarios y cirios de «Sagesse.»