Oid:
«Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para olvidarte, y cuanto más procuro no verte, cuanto más cierro los ojos, más te veo.
Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin convencerte, cuanto siento por mí crecer el gélido cortejo de tus desdenes.
Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz venturoso como un rey abrazará tu virginal cuerpo en flor.
Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias los que aman con esperanza—: amar sin esperanza es el verdadero amor.»
Ya en «Horas» el tono cambia.
«No perpetuemos el dolor, seamos castos de una castidad elevada. Tú como Inés, la santa de los tupidos cabellos, yo como el purísimo San Luis Gonzaga.
¡La Pureza conviene a almas como las nuestras, las mucosas tientan solamente a las almas vulgares, la sonrisa con que me encantas sea rosa mística! y sean las miradas tuyas el argentino «pax tecum».
No son ya tus gráciles gracias de doncella las que me cautivan. Del Arcángel la espada reluciente decapitó a la Lujuria que hiere y que hiela: lo que adoro es tu corazón.»
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