Uno solo de los libros del desventurado os dará una idea de la caja de Pandora y urna de los demonios que era su pobre cráneo: Las neurosis, dividido en cinco partes: «Las almas», «Las lujurias», «Los espectros» y «Las tinieblas». Un médico os dirá: «Delirio de la persecución, lipemanía, parálisis general»; un doctor de la Iglesia os declararía francamente: «Posesión». Dice ese volumen las torturas de la persecución del fantasma del crimen, el superaguzado instinto del daño: los vagos estremecimientos, las alucinaciones, el silencio, las extrañezas de la música, el alma de Chopin y de Poe, los horrores de la pasión carnal, las crueldades de la carne, la felicidad femenina, las pesadillas, las torturas, los gatos, las serpientes, los tísicos, el suicidio, el gusano de tierra, la «leche de serpiente», los lagartos verdes, el idiota, el miedo, el amante macabro, la señorita esqueleto, la muerta embalsamada, el sonámbulo, la bebedora de ajenjo, el ladrón, el bohemio, el enterrado vivo, el soliloquio de Troppmann, el verdugo monómano, el monstruo, el loco, la cefalalgia, la mala suerte, la enfermedad, la hipocondríaca, la quimera, la locura, el mal de ojo, la navaja de barba, la vilanela del diablo, la rabiosa, los ojos muertos, el abismo, la ruina, las agonías lentas, el ataud, la Morgue, la putrefacción, el silencio de los muertos, el infierno, el epitafio, De profundis... Todos esos son títulos o temas de sus poesías, y las poesías corresponden al tema... Todo eso se recitaba y se sabía de memoria en los salones parisienses... Platos especiales, versos faisandès, complemento del estremecimiento nuevo traído por el otro maestro infeliz, Baudelaire. Mas en la suposición de que en Rollinat fuese natural esa manera de mirar la existencia por su parte obscura, fúnebre y diabólica, en el público no podía durar lo que era impuesto por la moda, y la moda pasó y no se volvió a hablar más del féretro de Sarah Bernhardt ni de las canciones tenebrosas del sombrío melenudo «que se parecía a un lobo».

Se dijo que se había ido al campo a llevar una vida de campesino. Otros libros de versos suyos, en que hasta el sentimiento de la naturaleza está expresado con su preocupación, con su obsesión eterna, llegaron, pero ya no tuvieron el éxito que los primeros poemas de sombra, de noche, de miedo y de sangre. El pintor sueco Allan Osterlind, que fué de sus íntimos, ha narrado algo de su vida en la campaña. Osterlind recordaba las largas noches de invierno, en Fresselines, en que el poeta pasaba al piano, cantando con su voz potente y singular, que iba de bajo a tenor, las melodías originales inspiradas en sus versos campestres: «La canción de la perdiz gris», «El cementerio de las violetas», «Los cuervos». Contaba su vida entre sus perros y gatos, y el gozo del poeta en recibir a sus amigos, en retenerlos hasta por la mañana a la hora en que la poción de cloral le procuraba un sueño pesado, surcado de sueños fantásticos... Casado, en la paz del campo, adonde cuentan que solía salir con gruesos zuecos, de pesca, de excursión, no pudo, sin embargo, encontrar la tranquilidad. Frecuentó demasiado las regiones del miedo: harto provocó el terror en sus libros y en su vida. Solía errar entre ruinas y lugares sombríos. La enfermedad, llamémosle la enfermedad, le había agarrado con sus uñas potentes. La vida se vengaba de él entregándole por completo a lo que está más allá de ella, a los delirios, a los terrores, al imperio de las tinieblas enemigas.

Veinte años después de su separación de París, ciudad de su éxito y de su perdición, volvió. Hace como tres meses... ¿A qué viene Rollinat? ¿A traer un nuevo libro en que renuncia a las sombras y saluda el bien que hay bajo el cielo azul? ¿A cantar un alba de paz, de felicidad humana, de amor entre los pueblos, de bienhechor comercio, de deseada armonía? No; viene a dejar en el Instituto Pasteur a su mujer, que ha sido mordida por un perro rabioso. Y días después el amargo hombre, todo nervios y terror, sabe que no se ha podido salvar a su mujer, que ha muerto de la más horrible muerte: de rabia.

En seguida, en su desesperación, vuelve al campo, en donde no puede estar un sólo momento tranquilo; recurre a los narcóticos, a los brevajes de olvido; pero la fatalidad lo tiene ya bien atado: la locura llega, violenta, y hay que traerlo a una casa de salud, a las cercanías de París, a Ivry, a la clínica del doctor Moreau, de Tours. Allí muere, y mañana lo entierran.

Esta noche, después de escritas las líneas anteriores, he abierto el volumen de Las neurosis y me he quedado ciertamente estupefacto al encontrarme con un poema, que es extraño que a ninguno de los necrólogos de Rollinat haya llamado la atención... Es algo que espanta... Para coincidencia es demasiado... Luego, la casualidad, es algo tan misterioso... La poesía, «escrita hace veinte años», es la siguiente, que traduzco literalmente:

LA RABIOSA

¡Quiero morder! ¡Retiraos!
¡La noche cae sobre mi memoria
Y la sangre sube a mis ojos locos!
¡Ved! Mi boca, torcida y negra,
Babea a través de mis cabellos rojos.

Ya he hecho horribles hoyos
En mis dos pobres manos de marfil,
Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes.
¡Quiero morder!

Calmaría mi sed en vuestros cuellos
Si pudiese todavía beber.
¡Oh! Siento en mi mandíbula
Una rabia abominable:
¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos!
¡Quiero morder!

Se comprende que, después del horroroso desenlace del accidente de que fué víctima su esposa, y más templada que nunca la sed ardiente de sus nervios, haya sentido el postrer estallido, y antes que en el suicidio, que tanto temía, como lo revela en varios de sus viejos versos, antes que en la muerte, se haya hundido en la locura, haya caído en el manicomio.