La prensa celebra la victoria de Moreas, los críticos oficiales lo saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la representación de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a aplaudir a Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles, y a la brava Luisa Silvain, y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo sus cofias blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.

¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de armoniosos sueños, sigue su camino en la austera melancolía de su vida, sin profanar el don divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa, poeta, poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!

A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES

CABO de cerrar el libro de versos que ha publicado una alta dama francesa, la condesa Mathieu de Noailles. Se titula L’Ombre des jour, y viene después de otro: Cœur innombrable. Este flordelisado volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas, es un libro de mujer moderna con alma antigua. La condesa de Noailles reconcilia con la literatura de cabellos largos, del sexo vilipendiado intelectualmente por Schopenhauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masacre» de Amazonas, ha escalpado también esta preciosa cabeza; si lo ha hecho, no le será perdonado, pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una media azul, encontraría que las que ahora me ocupan son de color de rosa—a menos que no fuese la fina piel de una ninfa, libre de toda malla, húmeda aun de su preferida fuente.