La condesa de Noailles no es una basbleu. Es una bella flor humana llena de mental esencia, que se exterioriza en formas de armonía. Es una rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. Es una aparición de figura poética y legendaria en pleno París del siglo XX. Es una joven exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante y soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los bosques, comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su naturaleza:

Car dans ce temps, haute et paisible
La Nature, ses bois, ses eaux,
N’avalent pas cette ame sensible
Qui plus tard fit pleurer Rousseau.

Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su morada heráldica a coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del desdichado fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto natural, la comunicación secreta e íntima con el Universo, de manera que el espíritu propio se confunda con el espíritu del mundo, la conciencia de que nuestra voz es una unidad individual en voz total infinita, y que nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él se mira todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular poetisa vuelen al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo, dios de los jardines; y la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda de Pirrón. Canta la eternamente nueva canción de las florestas primaverales, de los frescos verjeles, de las flores recién nacidas, de los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino; y la gloria y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y se singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su patria, en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de atracción. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra al soplo del armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente. Se siente amada y lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su juventud y su sed de amor:

Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,
Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.
Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,
Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.

Ronsard se consolaba con ser leído a la chandelle por la amada envejecida; y Ponsard—¡hay distancia!—dijo la misma cosa en un soneto a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, desea «ser amada después de la muerte», y dice:

Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,
Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,
Ayant tout oublié des compagnes réelles,
M’accueille dans son âme el me préfère à elles.

Hay un admirable estudio del conde Robert de Montesquiou-Fezensac sobre los inconvenientes de los nobles y grandes señores que se dedican a asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la oposición de las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a cosas del espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo la ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo. La clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza que no posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos contrarios, difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El público, a su vez, acoge casi siempre la producción del autor blasonado—en nuestros países el rico autor—como labor de dilettante, como ocio de aficionado. En muchos casos hay gran razón, pero suele haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de alcurnia, que se atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores. La sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones mundanas, la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el flirt moderno, las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la agresividad intelectual masculina se presentan ante las tentativas de una vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse a todo eso, para luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha habido y hay las brillantes excepciones que confirman la regla. No me refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras viragos del feminismo militante.

Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja cuestión teológica, yo no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la mujer. Obsérvese que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza es la sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos delicados que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados científica y cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.

A decir verdad, no es simpático el tipo de la literata, de la marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la de tiempo alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en ningún caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando se toca de cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y digamos con el excelente Chrisale:

J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des herbes,
Elle accommode mal les noms avec les verbes,
Et redise cent fois un bas et méchant mot,
Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,
Je vis de bonne soupe et non de beau langage.