En este libro, como en todos los míos, no pretendo enseñar nada, pues me complazco en reconocerme el ser menos pedagógico de la tierra. Van aquí mis opiniones y mis sentires, sobre cosas vistas e ideas acariciadas. Todo expresado de la manera más noble que he podido, pues no me avengo con bajos pensamientos ni vulgares palabras. No busco el que nadie piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Libertad!, ¡libertad!, mis amigos. Y no os dejéis poner librea de ninguna clase.—R. D.

París, 1906.

EL EJEMPLO DE ZOLA

NTONCES, Lucas, en una última mirada, abarcó la ciudad, el horizonte, la tierra entera, donde la evolución comenzada por él se propagaba y se acababa. La obra estaba hecha, la ciudad fundada. Y Lucas expiró, entró en el torrente de universal amor, de la eterna vida.» Así concluye el segundo evangelio, Trabajo. Ahora antes de terminar la tarea, pero ya con un mundo hecho, Zola descansa para siempre, llevado, arrancado a su labor por la más estúpida contingencia. Acabo de regresar de su entierro. Un pueblo en silencio, pueblo de pensadores y de trabajadores, le acompañaba. Fué ceremonia imponente de recogimiento y de severidad. Iban los hombres de la idea y los hombres del taller. Se extendían, en el vasto cuerpo de la negra procesión, los grupos de eglantinas rojas. Un minero iba, pies desnudos entre gruesos zuecos, con su uniforme de trabajo. Un herrero, los brazos al aire, llevaba con dignidad su pesado martillo. Un cultivador gigantesco hacía brillar al sol opaco, sobre su hombro, una hoz. ¡Esa es la gloria! Iban sabios y poetas. Iban obreros de blusa, y niños y niñas con sus padres. Se llevaba al camposanto de Monmartre al potente bondadoso, al creador de tanta obra robusta y fecunda, al poeta homérico de la sociedad futura, al servidor de la verdad, al profeta de los proletarios, al gran carácter de un tiempo sin caracteres, a quien toda la tierra saludó un momento como una encarnación de la virtud humana, de la eterna conciencia, de la indestructible justicia y de la divina libertad de pechos de oro.

Estas grandes conmociones tan solamente las causan los que salen de las aisladas torres, marfil, cristal o bronce, del arte puro. Hay, para lograr tamañas coronas, que ser fuente y pan para los demás, conformándose con el propio dolor, hermano de la gloria. Hay que convencerse de que no se ha venido con el mayor don de Dios a la tierra para tocar el violín, o el arpa, o las castañuelas, o la trompeta. Tocarlas, sí, para universal gozo y danza dionisíaca, en paz y fiesta común con todos. No la superhombría, no el neronismo, no la crueldad orgullosa: antes el bien que se hace con la luz y en la luz el abrazo fraterno. Mientras más alta es la catarata, más perlas tiene su agua pura, y su voz dice la armonía de la naturaleza y el iris la corona. Saltimbanquis de palabras o juglares de ideas, sin la bondad que salva, muy pintorescos y bonitos, son de la familia de los pájaros; cuando mueren, por el plumaje se les diseca; si no, van al muladar con los perros muertos. Desventurado el que, teniendo el vino de la bondad y de la fraternidad humana, no exprimió jamás su corazón en su copa cuando vió pasar el rebaño de hermanos con sed, bajo los látigos de arriba. Zola fué eso: el viñador copioso y generoso. No como Hugo, desde la olímpica sede en que, como papa literario, con su tiara llena de gemas líricas, vestido de orgullo, repartía sus dones; no como Tolstoï, tan vecino de la clínica como del santoral; no como Ibsen, ceñudo, obscuro y doloroso. Zola, que fué tan atacado, porque, se decía, buscaba los afectos más viles de la vida, complaciéndose en la pornografía y en la obscenidad, ha sido un enorme y puro poeta del amor, un músico órfico y augusto de las multitudes, un cantor de la hermosura natural y de la fecunda obra engendradora, un visionario de la humanidad que viene, de la dicha de las naciones futuras, de la dignificación de nuestra especie en la vía progresiva de su perfeccionamiento, en el ritmo divino.

Era un grande hombre de bien. No lo que se llama por la generalidad un «hombre honrado». No conozco, decía De Maistre, la conciencia de los criminales; conozco la de algunos hombres honrados, y es espantosa. Era hombre de bien y buen gigante el último de los evangelistas. Fué predicador de altas virtudes; dijo a la juventud palabras de engrandecimiento y de deber, y a la muchedumbre señaló el rumbo de las venideras victorias de paz y de felicidad. ¡Un gran idealista, el gran naturalista! Un corazón de adolescente en el cuerpo del coloso; un casto, el que señaló las terriblezas de la lujuria; un sobrio, el que mostró la sombra roja del alcohol; un sonador, el práctico y concienzudo arquitecto de tanta fábrica maciza; un modesto, el más magistral director de ideas de estos últimos tiempos, y el tímido solitario, un valiente que, al llegar la hora, se puso a arrostrar las ciegas turbas furiosas que le insultaban y lapidaban, en una actitud sencilla como el Deber y grandiosa como la Justicia. El ejemplo es soberbio y se entierra en la historia para quedar como una estela moral inconmovible al paso de los vientos de los siglos.

Ejemplo de voluntad que pone a la vista el esfuerzo perpetuo desde los años primeros de vacilaciones y de angustias, angustias y vacilaciones que doran una juventud ardorosa y una esperanza radiante. Los problemas de la vida, la práctica prosaica de la existencia de quien no ha nacido en la riqueza, el pegaso del ensueño que la necesidad hiere con sus espuelas; estudios mediocres, contra la vocación; familia a cuestas; los dolorosos préstamos a los amigos; las deudas de otra clase y los embargos; alimentarse, vestirse; un abrigo viejo y verdoso que quedará en su memoria inolvidable; la bohemia que se sigue sin sentirle apego, esa bohemia obligatoria por la escasez y la falta de ambiente y medios distintos que se desearían; la miseria. Ese mudar de casas, tan indicador de que no se ha encontrado aún el asentado y reposado vivir que necesita el trabajador para la realización de su obra—antes de que llegue la posesión de Medan y el hotel de la calle de Bruxelles. Y de todo triunfa esa voluntad acerada y templada: de las amarguras de la necesidad y de las tristezas de más de una desilusión; de las absurdas solicitudes de dinero y de los mezquinos obstáculos que se presentan a los mejores deseos; del vivir como en el número 11 de la calle Soufflot, pared de por medio con las más desastradas mujerzuelas, y de la soledad, mala consejera de los débiles, cuando busca en París sus modos de ascender—y primero de comer. Cuenta uno de sus amigos íntimos que sus menús de entonces se componían de pan y café, o pan y dos sueldos de queso italiano, o pan y dos sueldos de patatas fritas. Y que a veces eran de sólo pan, y a veces ni pan había. Dice bien Mauclair en un reciente estudio sobre los artistas y el dinero: que los sufrimientos del comienzo son precisos para hacer sentir lo que es la lucha humana por la vida y pesar el dolor. De ahí que Zola haya dejado tantas páginas admirables en que las pesadumbres de los intelectuales están tan profundamente manifestadas y tan sinceramente sentidas. El inmenso peligro de la bohemia en el principio de toda vida de artista es para los que no ven ni la seriedad del existir ni la obligación que viene para consigo mismo, para con los hombres y para con la eternidad. Preciso es que la juventud se pase, dice un proloquio francés que excusa las locuras de los años frescos, en que para uno todo es aroma de rosas, oro de sol, gracia y vibración de amor. Mas una vez pasada la primavera, la estación exige el fruto, fruto de noble desinterés, de conciencia, de servicio a la comunidad. Los que no se dan cuenta de esa ley de lo infinito, caen, ruedan, se hunden, desaparecen. Cuando el sentido moral se pierde, todo está perdido, pese a la habilidad, a la intriga; saldrá de la bohemia, si sale, un arrivista tortuoso, un ágil funámbulo en la sociedad, pero el artista ha muerto. Zola murgerizó poco, y esto porque preciso era, ¡qué diablo!, en esos años amables trabar conocimiento con Mimí Pinson. Así, recuerda uno de sus biógrafos que «una vez, habiendo recorrido en vano todo el barrio sin encontrar a quien pedir prestados los pocos centavos de la comida, y teniendo en ese momento del brazo a una mujer, la querida de algunas semanas, ¿qué hace el futuro propietario de Medan? Se quita el sobretodo y se lo da a la mujer.—¡Lleva eso al Montepío!—Y entró a su habitación en mangas de camisa, con un frío de muchos grados bajo cero.» Triunfó la voluntad, porque así debía ser, comiéndose pan de amor y bebiéndose vino de esperanza. A buena hambre no hay pan duro; a buena juventud no hay ásperas horas, por ásperas que sean. La salvación está en la sangre noble que hierve, en el impulso consciente que hace saltar, volar, sobre la dificultad y sobre el abismo. Es la estación perfumada en que florece en toda alma artística un ramo de cuentos a Ninon, que es un ramo de rosas risueñas de rocío.