Todo aquel que empieza a amar y a soñar, habla en versos aunque no los haga. Antes que cuentos, por tales melodiosas razones, hizo Zola versos. Los versos fueron después abandonados, pero el dón rítmico y orquestal no dejó nunca al magnificente sinfonista de sus nutridas construcciones. Y por ser sincero y consciente de su misión escribió estas palabras de raro valor y de especial dignidad mental: «No puedo volver a leer mis versos sin sonreir. Son muy débiles y de segunda mano; no más malos, sin embargo, que los versos de los hombres de mi edad que se obstinan en rimar. Mi única vanidad es haber tenido conciencia de mi mediocridad de poeta y de haberme puesto valerosamente a la tarea del siglo con el rudo útil de la prosa. A los veinte años es hermoso tomar semejante decisión, sobre todo antes de haber podido desembarazarse de las imitaciones fatales. Si, pues, mis versos deben servir de alguna cosa, deseo que hagan volver en sí a los poetas inútiles, que no tienen el genio necesario para librarse de la fórmula romántica, y que se decidan a ser bravos prosadores, tout bètement.» Conociéndose extranjero entre los para él improbables dioses, se decidió a entrar en la vocación que le conducía a ser un guía, un pastor, un maestro entre los hombres, con un idioma claro, abundoso, tupido, fatigante a veces, pero siempre poemal en su arquitectura, a punto de que sus dos afinidades más cercanas están en Homero y Wagner. Era un cuerdo. Así amontonó bloque sobre bloque hasta formar una catedral ciclópea, que alzará sus torres de ideas y de símbolos como uno de los más colosales monumentos de la ciudad futura.

Ejemplo de dignificación personal en un hombre dotado con los mejores brazos para asir al paso a la fortuna desde el principio, y expuesto a claudicaciones y rupturas con sus propias ansias nobles y generosas. Desde el commis de la librería Hachette hasta el autor millonario, en toda su vida se refleja una luz de honestidad viril que en pocos de los contemporáneos de su talla puede encontrarse. El que tuvo el valor y la entereza de retorcer el pescuezo a los cisnes de sus primaverales jardines poéticos por no engañarse a sí mismo, no engañó nunca a los demás y llevó el respeto a sus convicciones y la pasión de la verdad hasta el sacrificio en el más tempestuoso y terrible de los momentos de su vida. Es preciso conocer lo mefítico, lo venenoso del ambiente de la vida literaria, para admirar por completo tanta energía, tanta resistencia en ese cuello taurino y tanta pepsina en el estómago de avestruz del heroico comedor de sapos. ¡Ah, los sapos! Recordaréis con qué tragicómica glotonería ha contado él cómo el horrible batraciano fué su alimento de todos los días: el sapo del anónimo, el sapo del insulto, el sapo feísimo de la calumnia, los mil sapos de la envidia y de la enemistad desleal, los multiplicados sapos de los periódicos, de las malignas y feroces caricaturas. Todavía en el entierro del grande hombre yo los he visto a esos sapos ponzoñosos en formas inmundas. «¡El testamento de Zola!», gritaba un camelot casi al lado de la procesión. Pagué los diez céntimos y leí el papel innoble. Es el más vergonzoso pasquín contra un muerto, contra un muerto ilustre. No puedo citar nada de él. Baste decir que conservo entre mis curiosidades otro «testamento de Zola», publicado en 1898, cuando el proceso, y que el de ahora es más infame, más estercolario. Y en el antiguo se lee: «Je lègue donc: La totalité de mes œuvres aux chalets de nécessité qui en feront l’usage qui naturellement s’indique. A madame de Boulancy un exemplaire de Nana, relié en veau; a Joseph Reinach mon volume sur I’Argent. A Nana, les petits millions que j’ai gagnés en exploitant la lubricité de mes contemporains. A mes enfants, la défense absolue de lire mes œuvres.» Del actual no se puede escribir una línea. Extraña que la policía no haya impedido la venta de esas deyecciones de sucios cuervos. Y eso no es todo; hay algo peor, indigno de París, indigno de la Francia culta y valiente. Diarios, diarios ricos y mundanos como el Gaulois, publicaban ese mismo día crueles epigramas, hirientes suposiciones, amargas invenciones contra el que no había aún sido depositado en la paz de la tierra. Zola no había muerto asfixiado; eso era una mentira, una novela. Zola se había suicidado, entre otras cosas, porque ya no se leían sus libros y estaba escaso de dinero... ¡Y ha dejado dos millones! No se leían, no se vendían sus libros después del affaire, entre ciertos grupos políticos franceses; pero en Francia mismo había muchos lectores de Zola en todas las clases sociales, y en el extranjero, tan sólo con lo que La Nación, en Buenos Aires, y otros periódicos de Rusia, Inglaterra, Alemania, Italia, España y Estados Unidos pagaban por el derecho de publicación de sus obras, se suma una cantidad que no supone la mayor parte de sus detractores. El diario de Drumont apareció vergonzoso de odio; el de Rochefort ya se calculará cómo, y hojas menores andaban por ahí impresas con hiel. «Ha muerto asfixiado, decía una. ¡Así «los» matan en la fourrière!...» Estas cosas no se borrarán hasta el día en que Zola sea conducido del cementerio de Montmartre al Pantheon por el inmenso pueblo reconocido. Blindado, con esas saetas de caribe, tuvo que luchar en vida; mitridatizado a esos tósigos tuvo que resistir su constitución de hércules del pensamiento, de artesano del deber. Y así no claudicó ni rompió nunca con sus propias ansias nobles y generosas. Menestral de razón y de conciencia, se mantuvo sin descansar en la buena tarea que ayudará al progreso de la Francia, su madre, y, por lo tanto, de la humana estirpe. Otros se habían regodeado en mesa de príncipes de la fortuna, habrían aprovechado su vigor para subir al poder civil, habrían dado a sus vanidades toda suerte de pastos. El no fué ni mundano siquiera. ¡No sabía estar en un salón! No sabía conversar con las «gentes». Siendo tan grande, era tímido el Adamastor, era poco chic el Polifemo. Allá en Medan se vestía con traje tosco de campesino y pesados zuecos; hablaba con los campesinos, amaba a sus perros, observaba el campo, que dice su misterio en secreto; hacía en una islita «su Robinsón». Por las noches, leyendo hasta muy tarde, oía pasar los trenes bajo sus ventanas. Espiaba las horas al vuelo. Trabajaba siempre. Como su mujer no fué fecunda, tuvo de un amor discreto dos hijos, a quienes iba a ver, allí cerca, con el consentimiento de la admirable esposa. Ella sabía que él era bueno, que tenía un gran corazón su grande hombre sencillo. Y eso lo gritan los sapos como un baldón. Dicen que por eso, por sólo eso, el ilustre laborioso era un profesor de perversidad, un corrompido, un hombre cuya vida privada da asco. Madame Emile Zola estuvo con esos hijos naturales al lado del cadáver.

Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del desinteresado defensor de Dreyfus? El caso es reciente y estremeció al mundo. No es aún, ciertamente, convincentemente sabido que el capitán haya sido un traidor. El ha asistido al entierro del héroe. Me informan—y hay que averiguar esto bien—que ha dado para el monumento que se levantará a Zola trescientos francos... «¡Trescientos francos!» Si esto es verdad, ese rico israelita, me atrevería a jurarlo, ha sido culpable del crimen que le llevó a la Isla del Diablo. Mas no se trata de una personalidad mínima, que fué el pretexto de una gran batalla de justicia. Se trata del poderoso y magnífico talento doblado de carácter que puso su nombre ante la iniquidad supuesta como una bandera. «Zola’s name—a barbarous, explosive name, like an anarchist’s bomb»—escribió un día el agudo Havelock Ellis. Más que un estallido de bomba, me evoca ese nombre un flamear de bandera, sobre todo si se pronuncia a la italiana: Zola. Ante las pasiones rabiosas, ante los intereses del militarismo, esa bandera flameó por la razón, por el derecho, por la conciencia humana. Estamos en Roma:

Quis numerare queat felics prœmia, Galle,
Militiæ?...................................
................................ quorum
Haud minimum illud erit ne te pulsare togatus
Audeat; immo, et, si pulsetur, dissimulet, nec
Audeat excussos prætori ostendere dentes,
Et nigram in facie tumidis livoribus offam,
Atque oculos, medico nil promittente, relictos.

Vagelio fué poco cuerdo para Juvenal al exponerse ante los zapatos ferrados de la milicia. Zola sabe con quién han de combatir y no es Vagelio. El se presenta, ha abandonado su retiro de productor pensante para entrar a la acción. Ir a la acción es el deber del verdadero pensador de nuestro tiempo; ir a la acción por las sanas causas y servir a su fe y a su convicción a riesgo de todo. Otros irían a los capones y perdices, al gozo del capital adquirido, a cuidar lo que se ha acaparado y a velar por el chorro de luises que viene de casa del editor Charpentier. Zola lo arrostró todo; expuso, en efecto, su fortuna, su nombre, antes infamado tan solamente por los peones de la literatura—y por algunos maestros excomulgados—, lo fué por los sicarios de la política. Mas él no tuvo vacilaciones en frente de ningún peligro. Hasta con la muerte se le amenazó. Su bella sangre italiana, griega y francesa, hirvió con vivo hervir latino. La marea popular subió en contra suya. No se comprendió su misión. No se tuvo en cuenta su magnífica valentía, su heroísmo, su respetabilidad intelectual, su soberano quijotismo. Los yangüeses quisieron apalearle, apedrearle. Así le ha pintado Henry de Groux en una tela dantesca. Mas ese quijotismo estaba armado de potente lógica, de decisión, de fortaleza. Entre los soldados y el populacho resistió, sosteniendo la verdad, la que él creía la verdad. Todas las naciones de la tierra, desde el Japón hasta la América del Sur; todos los pueblos de la tierra, de San Petersburgo a Buenos Aires, de Nueva York a Benares, de Santiago a Roma, desde las más populosas ciudades hasta los más humildes villorrios, fueron conmovidos por la actitud brava del capitán civil frente a los capitanes de la espada. Su nombre se vió entonces como una bandera, representación y signo de lo justo, de lo verdadero y de lo bueno. No fué su acción de un instante, pues ella desencadenó una tormenta en la patria francesa, que todavía se presenta con más negros augurios. El porvenir de este gran país será en mucha parte obra de la influencia del evangelista. Sus palabras han sido alimento del pueblo. El también ha dejado su gran saco de harina, el «saco de harina» de que habla en una de sus arengas nuestro general. Los mismos que hoy le insultan mañana le celebrarán mañana, cuando se haya destruído la miseria pasional de ahora, la locura de las opiniones transitorias, la ceguedad de las masas vendadas. Ese ejemplo de valor será saludable a las generaciones. Todo ello entrará en la leyenda que es historia y será vestido de belleza por los glorificadores que vienen. La gloria verdadera aguarda a quien poco se preocupó de la gloriola. La gloria de los serenos combatientes de los sublimes combates. La gloriola acaba con la persona; la gloria es del alma y va a la inmortalidad. Esto será cuando el estupendo novelador esté al lado del estupendo poeta, en el Pantheon.

No os extrañéis que junte a esas dos figuras gigantescas. Si Hugo fué Genio, Zola fué Hombre. No, no fué genio el creador de los Rougon Maquart, porque el genio está sobre la razón, sobre la lógica, sobre la realidad. El genio es intuición, y Zola, con ser tan soberbio poeta, fué un metódico, un inductivo, un matemático. El obró con la razón, con la verdad cognoscible. El fué el esplendoroso idealista de sus últimas novelas-poemas, por haber llegado ya hasta el territorio de Utopía, después de compulsar el millón de documentos que afirmaron la exactitud de su creación anterior. Creía en la perfectibilidad de la máquina social. Iba hacia el oriente de su sueño con la fe invencible en la Canaán venidera. Los pueblos tienen necesidad de los genios, pero quizá más de los verdaderos hombres.

Grabada en mi mente quedará la ceremonia fúnebre en que vi pasar el carro negro en que iba aquel que resucitó en nuestra época, llenos de nueva vida, al león, al águila, al buey... A Lucas, a Marcos, a Mateo. Sobre su tumba, en el cementerio, hablaron los letrados y el gobierno. Los hombres que llevaban eglantinas rojas desfilaron. Las arrojaron sobre el gran compañero muerto... Y parecía que había brotado de repente, «vivo como la sangre», ¡un plantío de amapolas!