La Revue Brittannique desapareció. Es una lástima, pues desde que Pichot la fundara, no dejó de ser una publicación seria, informada intelectualmente y bien organizada como empresa. Era también una de las revistas que más se ocupaban de la actividad mental extranjera, siempre tan poco conocida entre los escritores de este país.
Hay una enorme cantidad de revistas especiales, desde las sabias filosóficas y profesionales hasta las que son órganos de grupos y escuelas, como L’Effor o la Revue Naturiste, sin contar con las innumerables de letras y artes que se fundan, viven un poco de tiempo y se acaban. Fundación y fundición.
LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO
ONSIEUR Charles Wiener, el muy estimable diplomático francés, tan conocido en la América del Sur, dió en una ocasión una conferencia sobre el Uruguay; en la cual conferencia, publicada después, se leen estas palabras: «El número enorme de los animales matados permite juzgar la importancia del comercio de las pieles secas o saladas, en gran parte acaparado por un trust norteamericano. Permitidme aquí una explicación etimológica: los hombres que manipulan las pieles de los animales desollados, y que, además, no son destazadores artistas, constituyen una categoría de obreros llamados «arrastracueros», de donde viene, por corrupción, la palabra extraña de rastaquouère. Aprovecho ese paréntesis filológico para hablaros algo sobre la palabra y sobre la cosa».
La etimología de M. Wiener es, como otras semejantes, muy poco segura; pero en todo caso, mejor que la que hace venir la palabra de la jerga del Greluche de Meilhac, brasileño de pega. Su hablar—«¿Quo resta buena avatas salem pampas?»—es de la misma especie que el turco de cierta farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que trae el Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur, cuya prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos hacendados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había llamados «rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl inventó su personaje de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o en efecto, como él lo afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona en carne y hueso? Es de creer que el finado expresidente del «Cercle de l’Escrime» tuvo muchas oportunidades de conocer a muchos americanos del Sur, cuyos hábitos y figura pudieron dar vida a su retratado. «Desde el día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, bajó en el hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la sociedad parisiense, pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la Paix sin haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas las memorias: una cara de pain d’épice; dos ojos negros, con el movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo la cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente poniéndole un punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán Cortés y direcciones de damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la América del Sur y volvía algunos meses después con dos millones en cartera. Se decía que había ido a matar a alguien en la Cordillera de los Andes, y que traía sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar su dirección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste restante, en Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos cargados de sortijas; una cadena de reloj que hubiera podido servir para atar el ancla de una fragata; tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían de botones de camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre rodeada de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl se puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo aparecer como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de Buenos Aires venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las garras de tigre y de los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del Figaro, Gaston Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses enriquecidos son rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de manera dura, Luis Bonafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas partes...»