Lo que sí es cierto es que la Revue de Deux Mondes es la academia de la prensa. Los autores franceses que escriben en ella son candidatos para un asiento bajo la Cúpula, cuando no figuran en el número de los Cuarenta. Su opinión oficial, representada siempre por un crítico de seso, no es ciertamente revolucionaria ni independiente. Para eso están las revistas de otra índole. De Buloz a Brunetière, la dirección es la misma. La revista que lleva como norma la seriedad y el buen sentido no pretende, por otra parte, más que ser leída por el grupo que constituye su especial clientela. Y en cuanto al color de sus ideas es invariable, como el salmón de su cubierta.

En realidad, la revista más respetable, si el respeto se mide por la edad, sería el Mercure de France, cabalmente la revista más independiente, más atrevidamente intelectual, más sólidamente moderna. Su fundación data de 1672. Goldoni, en sus citadas Memorias, dice: El Mercurio de Francia, llamado antes el Mercurio Galante, ha variado ahora el orden de su distribución. En vez de un volumen al mes, da una parte cada sábado. Este trabajo es hecho por una sociedad de literatos: comprende cuanto se refiere a las artes, las ciencias, la literatura, los teatros, las noticias políticas, y ha siempre conservado el antiguo uso de los enigmas y logogrifos, de los cuales da la explicación en el volumen sucesivo. El vocablo enigma debe entenderlo cualquiera, pero el de logogrifo puede muy bien ser desconocido de muchas personas: yo, por ejemplo, no tenía de él noticia alguna en Italia. He aquí la explicación que se encuentra en el diccionario de Trevoux: «Logogrifo: especie de símbolo en palabras enigmáticas; consiste en cualquier alusión equívoca, o mutilación de palabras, por el cual se varía el sentido literal de la cosa significada: de manera que está entre el equívoco, o el verdadero enigma o emblema.» Las palabras de Goldoni toman hoy un picante valor, cuando se sabe que ha sido en su reciente época el Mercure de France el campo de aparición y el lugar de batalla de los simbolistas de la literatura, de los enigmistas del arte. Los ingenuos emblemas de antaño se cambiaron en prosas extraordinarias y raras, en poesía misteriosa y cabalística, con el curso del tiempo. La verdad: esa revista, en su período contemporáneo, ha sido la Revue de Deux Mondes de los intelectuales en el mundo entero, de Rusia a los Estados Unidos, de París a Tokio, de Roma a Buenos Aires. Es ella la causante principal del movimiento de ideas que en arte y filosofía adquirió en estos últimos tiempos una expansión internacional y una potencia cosmopolita. El decadentismo desapareció con señaladas individualidades: el simbolismo dejó de ser una escuela para dejar en la obra personal de sus principales sostenedores la verificación del triunfo de una tendencia, de la victoria de una lucha mental que ha influído en todas partes en las creaciones del espíritu y en el arte de exteriorizar las ideas. Ya pasó el tiempo en que se hablaba de esta publicación como una de las tantas tentativas de los «nuevos», de los «jóvenes»; los nuevos de ayer son hoy casi viejos; los jóvenes, reconocidos maestros. Desapareció Verlaine, desaparecieron Mallarmé y Villiers de l’Isle Adam, dejando en la historia de las letras francesas el resplandor de su luz indiscutible. Quedan los fuertes en su madurez: Henry de Regnier, altísimo poeta; Remy de Gourmont, cuya obra compleja, profunda, sabia, vigorosamente encantadora, dentro de poco tiempo, como la de Nietzsche, quizá conmueva al mundo. Madame Rachilde, la inteligencia más rara, a mi entender, que ha tenido una mujer sobre la tierra; Jules de Gaultier, hábil manejador de ideas, filósofo inesperado, cuyos recientes libros De Kant a Nietzsche y El Bovarismo recomiendo a nuestros espíritus de meditación, a nuestras inteligencias que no temen el vértigo de las altas especulaciones; Barthélemy, que ha escrito una obra sobre Carlyle que es una obra maestra, y una pléyade de estudiosos, de trabajadores, exploradores en plena selva de ideas, o mineros de futuro. El Mercure tiene la particularidad de tener una redacción cosmopolita, y en cada número hay una reseña del movimiento intelectual universal en secciones especiales. Los «epílogos» de Gourmont y los juicios de Mme. Rachilde son verdaderos atractivos para los sibaritas de las letras.

El Correspondant es una revista admirablemente dirigida, de gran mérito por la calidad de su colaboración y que sostiene las ideas del elemento conservador y religioso. Es poco leída en el gran público, pero muy leída en las clases altas, en que no soplan vientos de fronde ni se agitan otros problemas que los del sostenimiento de los antiguos ideales y regímenes.

La Grande Revue fué fundada a raíz de la famosa cuestión Dreyfus, y su director es el célebre abogado Labori. Según su programa, se señala esta publicación por dos caracteres esenciales: «desde el punto de vista intelectual, la independencia absoluta de toda escuela, pues conviene acoger lo que hay de excelente o de verdaderamente original en todos los géneros: desde el punto de vista material, la periodicidad mensual, pues en presencia de las múltiples ocupaciones de la vida moderna y del número creciente de obras de toda suerte que hay que recibir a veces, solamente para recorrerlas, una publicación consistente en un grueso volumen mensual, compuesto con cuidado para que todo interese, y por lo tanto completo y menos costoso que las obras similares, no tiene sino ventajas». A lo cual se puede observar que hay una buena cantidad de revistas mensuales tan nutridas o más que esa revista y que su lectura se resiente de pesadez y de sequedad.

La Revue Bleu es hebdomadaria, como su adlátere la Revue Scientifique. Se distingue por la variedad y la actualidad de sus temas, y asimismo por lo escogido de su cuerpo de colaboradores. Por lo que toca a sus ideas, se adorna de un sabio eclecticismo que no le aleja ninguna simpatía.

No se puede decir lo mismo de la Revue Blanche. Esta es una de las más intelectuales y, sin disputa, la más combatiente, emprendedora y activa. Es anárquica, demoledora y nutrida de ideas. Su colaboración es cosmopolita, como la de Mercure, y puede asegurarse que jamás se ha escrito en ella una sola página en que no haya audacia y talento. Lo subido de su color—¡a pesar de su candidez apelativa!—le ha atraído los odios de los reaccionarios, pero le ha dado también una inmensa boga en el mundo pensante, tanto en Francia como en el extranjero. Ha hecho campañas sonoras y memorables, como la de Montjuich, dirigida por Tarrida del Mármol, y la del descubrimiento de las crueldades cometidas en las prisiones militares francesas. Es uno de los órganos que más han dado a conocer el actual pensamiento ruso; y toda idea nueva y osada tiene en él un defensor y un propagandista, así en literatura, como en ciencia, como en política. En ella nació a la vida de la celebridad el combatiente Gohier.

La Revue Universelle es una continuación perpetua del diccionario Larousse. Es un término medio entre la ilustración y la revista. Mezcla la colaboración de ideas con las actualidades y curiosidades, aumentando su prestigio de divulgación con sus numerosos fotograbados.

La Revue de Paris es aristocrática, de un mundano intelectualismo y ofrece a sus lectores de cuando en cuando lo más celebrado de autores extranjeros en boga. No se distingue por ninguna particularidad. Parece que, sin embargo, tiene una, y no la menos interesante para los escritores: es la que más caro paga la colaboración entre todas las revistas publicadas en París.

La Plume es de hermosa historia. Fué un tiempo, con el Mercure, el palenque de los poetas y escritores nuevos. Ha pasado por mil vicisitudes: en ella nacieron a la vida de la gloria muchos autores hoy ilustres. Actualmente ha adquirido fuerzas y se presenta flamantemente como una de las mejor escritas y más artísticamente presentadas. La Plume daba en sus primeros tiempos banquetes, en realidad modestos ágapes, pero que tenían la especialidad de ser presididos por una celebridad del arte, de la ciencia, de la literatura. Hoy ha acentuado su carácter artístico: inicia exposiciones, publica muy interesantes monografías sobre los mejores pintores o escritores, y aunque ha vuelto a las antiguas comidas, éstas no tienen ni la resonancia ni la alegría de las otras, según parece. La juventud, hélas!, ha pasado.

Como su nombre lo indica, la Revue Hebdomadaire aparece cada semana. Es de un formato reducido, un cuadernito siempre lleno de curiosos artículos, poesías y novelas. Antes daba la preferencia a las novelas y reproducía obras conocidas. Hoy todo lo que publica es inédito, y la dirección procura mejorar cada día. Lástima es que se insista en el tamaño reducido, que, indudablemente, no hace bien a la revista.