En cuanto a información, el Temps es de los más adelantados, y sus noticias son siempre de buen origen. Antes de pasar adelante, he de advertir que es inútil buscar aquí una información semejante a la de los grandes diarios yanquis, ingleses y argentinos.

El Figaro, que ha pasado recientemente por una crisis resonante, guarda su carácter tradicional, moderado y mundano. Se conserva la usanza de los «sonetos políticos», de Magnard. Siempre, el redactor en jefe, da su opinión sobre la situación, si no en catorce versos, en más o menos espacio que el que ellos ocuparían. El primer artículo es literario, o de actualidad, firmado por un nombre célebre, o en vísperas de serlo. Un redactor hay, cuotidianamente, para un asunto de interés actual en la vida parisiense, y, entre la legión de sus reporteres, cuenta con el reporter parisiense por excelencia M. Chincholle, y con un hábil interviewista, M. Huret. Mantiene en la mayor parte de las capitales europeas corresponsales que están, o aparentan estar, en todos los secretos de cancillería y de salón. Como crítico teatral firmaba Henry Fouquier; hoy llena la tarea Emanuel Arene. Recientemente el Figaro ha llamado a Catulle Mendés a su colaboración literaria fija, y el buen poeta dice, en prosa y verso, cada quince días, impresiones, sensaciones e ideas.

El Gaulois es el rival mundano del Figaro. Su clientela es monárquica y de alto rango. En su redacción se guardan todas las conveniencias. Tiene una sección muy interesante, sus blocnotes parisienses. Como el Temps y el Figaro, se vende a quince céntimos. Manifiesta también preferencia por la literatura y el arte. Conservador y todo, tiende a mejorar como empresa. El Journal des Debats es el viejo periódico sabio y correcto de antaño. Tiene una clientela especial y distinguida. Guarda la tradición del folletín de crítica dramática. Sus colaboradores son casi todos miembros del Instituto. Es el periódico senador, antiguo par de Francia. El Journal ha comenzado con gran éxito y ha seguido una vida de éxitos. Diario cuyo director literario es M. José María de Heredia, tiene un estado mayor de excelentes literatos como redactores. Cuenta también con buenos periodistas, en el sentido exacto de la palabra. Se distinguen en esto su redactor policial y su vulgarizador científico. En cuanto a sus plumas principales, las hay fuertes, admirables para la revista y para el libro, como la de M. Paul Adam, cuyos artículos muy sesudos, atrevidos y macizos, no son muy propios del diario; Michel Prince publica sus diálogos picantes; André Theuriet, sus impresiones y cuentos campestres; «Severine» hace su propaganda humanitaria; Mezervy dice sus historietas voluptuosas; Hugues la Roux, sus viajes e impresiones, y así otros cuantos colaboradores fijos. La crítica teatral la hace el poeta Mendés. Tiene buenos reporteres, como Naudeau, y tres escritores risueños: Pouchon, famoso sacerdote de Baco; Alphonse Allais, que es en París lo que Luis Taboada en Madrid y Eustaquio Pellicer en Buenos Aires, y Franc Nohain, un humorista en versos amorfos, que recibe las confidencias de las cafeteras, de los billares, de las muñecas y de otras cosas así, y que agarra una rima y no la suelta hasta no acabar con la paciencia de sus lectores.

El Matin, que en su nueva época ha iniciado un movimiento de información y de actividad diarística que le ha sido muy provechoso, y el Français, que aparece por la tarde, en dos o tres ediciones, son de una misma empresa. Publican siempre un artículo de actualidad, un cuento y muchas noticias locales y extranjeras. Sus redactores principales son Ch. Laurent y H. Harduin. Tienen un crecido número de colaboradores y reporteres que han tenido ingeniosas ideas e iniciativas, como el que se tiró al Sena para ver si lo salvaban los perros de la policía, y se quedó una noche escondido en un sarcófago del Louvre, y George Daniel que se ha disfrazado de mil maneras y ha ejercido cien oficios para contar sus aventuras a los parisienses. El Echo de Paris, órgano del nacionalismo, es un diario bien hecho, bien informado, con una buena sección de telegramas del extranjero, y que se distingue como L’Eclair por sus interviews. Hay otros cuantos diarios, pero se harían estas líneas interminables si hablara de todos.

El establecimiento del New York Herald, en París, la invasión yanqui, las relaciones más estrechas con los Estados Unidos, han traído al periodismo nueva vida. Ya son señalados los redactores políticos que hacen su largo editorial, los extensos capítulos, de antes, o las dilatadas vociferaciones. Se busca decir en pocas líneas mucho. No se declaman las antiguas tiradas. En cambio, en todo, en literatura, en arte, en sport, se aumenta la parte informativa, el elemento curioso, la anécdota inédita. Con esto ha llegado también la réclame. Hay diarios que dan primas a sus suscriptores; otros, como el Journal, han inundado de carteles vistosos los muros de París, recomendando tal o cual folletín espeluznante, y ofreciendo un premio de valor a la persona que averiguase el final de la novela y la suerte de cada uno de los personajes, después de publicados los primeros capítulos. El Matin y el Français han iniciado las sorpresas. Los redactores del periódico, desde el redactor en jefe hasta el último reporter, han salido por las calles a ofrecer un sobre cerrado a las personas que andan con el diario ostensiblemente. Los sobres contienen billetes de mil francos, automóviles, una villa amueblada y otros regalos de mayor o menor precio. El Journal siguió el ejemplo, y lanzó una especie de combinaciones que eran simplemente una lotería, por lo cual la ley cayó sobre la tentativa. Hoy hace lo mismo que el Matin. Naturalmente, esa auto-réclame no la hacen diarios graves y estirados. Entre esos, el Figaro ofrece a sus suscriptores el aliciente de las invitaciones a sus fiestas y recepciones. Hay otros medios. El Matin envió a un redactor a dar la vuelta al mundo en el menor tiempo posible; el Journal hizo lo mismo. Luchan a quien más acapara la atención pública. El Journal acaba de lograr una gran victoria: ¡ha sacado del presidio a un condenado a perpetuidad, inocente, según se ha probado; le ha traído a París, le ha banqueteado, le ha hecho aclamar por el pueblo en la estación del ferrocarril! El Matin se ha puesto pálido... Sería necesario algo más sensacional: un condenado a muerte, inocente también, arrancado a la guillotina... Pero eso no es fácil.

¿El papel político de cada diario? Conforme a los intereses del partido que lo sostiene. ¿El tono habitual de ellos? En un curioso estudio de M. de Noussanne, sobre la prensa francesa, hay una serie de frases y palabras usuales en el repertorio de cada uno. La Croix: «Este gobierno nefasto... El ejército encarna la patria... No queremos por prueba... En cambio... Los francmasones... La francmasonería... Revuelta... Los revoltosos... Dios... Castigo... Misericordia... Cólera... Cristiandad... Anticristiana... Obolo... Pequeño óbolo... Documentos... Escándalo... Perfidia...» L’Aurore: «Los gobernantes, explotadores y ladrones... Los bandidos, los asesinos galoneados... matadores... carniceros y violadores... Yo quiero... Yo... Yo haré... Yo he dicho... Yo he citado... Yo repito... Las órdenes de la conciencia... Las luces de la razón... Los pretorianos... Brutos... Policía... Malhechores civiles y militares... Cadáveres... Barbarie... Fuego y sangre... Cobardías... Atrocidades... Infamias...» La Libre Parole, órgano, como se sabe, de los antisemitas: «Este Ministerio de muerte y de ruina... El ejército desorganizado... Yo... Yo soy... Yo sé... Ya veis... Ya veréis... Imaginad... Notad... Escuchad... Desde el punto de vista de... Hay... Hay más... El ejército... Los judíos... La judería... El oro... Los cosmopolitas... Israel... El país... Canalladas... Traidores... Abominable... Inmundo...» El Figaro: «Cuando se tiene el honor de ser un hombre de gobierno... Es preciso... Respetamos demasiado el ejército... El respeto de las instituciones... El respeto de las leyes... El respeto del orden... La libertad... Las libertades... La masonería... Los jacobinos... Las pasiones... Sospechas... Sospechosos...» La Patrie: «El Ministerio de vergüenza y de traición... El ejército francés sobre todo... Así pues... Ved aquí... Ved... Desde la guerra... La lección del pasado... Parlamentarismo... Incoherencia... Fe... Ley... Odiosos sectarios... Sin patria... Nuestros adversarios... Los peores bandidos... La libertad... Las libertades violadas... Este pueblo... Un gran pueblo... Las conciencias francesas... Deber patriótico... Derechos imprescriptibles... Esperanzas invencibles...»

Por sus palabras los conoceréis.

Las naciones, decía Littré, tienen, en bien o en mal, el periodismo que merecen.

II
Las revistas.

Hay en el mundo intelectual ciertas mentiras convencionales, una de ellas ésta: la Rue de Deux Mondes es un cuadernote ilegible; no se puede tener en la mano sin que el sueño no llegue a rendir al lector; es una revista vieja para viejos; cuartel de inválidos, refugio de veteranos. Nada de esto es cierto sino en parte muy relativa. La noble revista ha contado siempre entre sus colaboradores autores jóvenes y brillantes: es una publicación no extraña a la amenidad y suficientemente valiente para dar acogida a obras a veces arriesgadas, desde las de la Sand hasta las de D’Annunzio; es abierta a las corrientes de ideas extranjeras, y en sus páginas han tenido lugar en toda época trabajos de escritores de todas partes del mundo. Siempre ha habido en su redacción una pluma hábil cosmopolita: antes era M. de Mazade, hoy es M. de Wizewa. En ella fueron juzgados, a su tiempo, los libros de Sarmiento, entre otros americanos.