LA PRENSA FRANCESA
I
Los diarios.
NO que otro día suelo comprar la Gazette de France, el venerable diario que casi nadie lee, salvo los abonados monarquistas. Lo compro por honrar la memoria de Théophraste Renaudot, que no era ningún Gordon Bennet, y por leer algunas sabrosas prosas de M. Charles Maurras. Esa vieja hoja, la primera que salió de las prensas francesas, está hoy decaída, como las ideas que representa. Su figura no luce, sus hábitos no van con la nueva vida periodística de este París que se ayanquiza, que ha cambiado, que se ha transfigurado, en cuerpo y alma, desde los tiempos en que Théophraste tenía su oficina en la calle Calandre, en la enseña del Grand Coq. Hay algunas publicaciones que permanecen fieles, hasta donde les es posible, al pasado; pero la evolución del periodismo francés tiene etapas demasiado marcadas en su historia. Los tiempos han cambiado; y, desde la aparición del primer periódico, la prensa ha correspondido a su tiempo.
Acabo de releer las deliciosas memorias de Goldoni. En ellas hay un capítulo dedicado a los periódicos. El comediógrafo se asombra ya de «l’inmensa quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Parigi». El hombre más curioso y más desocupado del mundo no podría leerlas todas, dice, aunque emplease en ello todo su tiempo. Cita los más importantes. El Journal de Paris, célebre a la sazón por un canard ruidoso. Este periódico anunció que un lionés había descubierto la manera de caminar sobre el agua, y que había realizado la prueba con todo éxito. La afirmación no era cierta. Pero quiso la buena suerte de la publicación que tres años después un extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena con unos zapatos de su invención. El Journal de París no quedó ya como mentiroso... Goldoni habla también de la Gazette de France. Aparecía entonces dos veces por semana, «y si no da las noticias más frescas, las da en cambio más seguras».
El Journal Europeen era «una gaceta inglesa traducida al francés». Muy dedicada a cosas parlamentarias, y muy buscada por el público. El Mercure de France había dejado de publicarse mensualmente y aparecía, más pequeño, cada sábado. Cita con elogio el Año Literario, de Freron. El Journal des Savants «non e fatto per tutti». La Gazette des Tribuneaux, útil para empleados y curiales, y el Journal de l’Agriculture, para los cultivadores. El más afortunado era la Bibliothéque des Romans. Merecía ser leído el Journal de Litterature, «benissimo scritto e molto giudizioso nelle sue critiche». Solamente hay en ese tiempo dos diarios: el Journal de París y el Journal de France. «Objeto principal de este último es el anunciar los bienes muebles e inmuebles que se venden o alquilan, de las cosas de que querían deshacerse los posesores», etc., etc. En cuanto al Journal de Paris, «algunas veces el público lamenta que no sea bastante rico de noticias». Y el buen Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario ser rico de noticias todos los días? Y luego, ¿se puede decir todo, escribir todo, imprimir todo? No sospechaba por cierto en lo porvenir la información actual, el diario en que cuotidianamente se dice todo, se escribe todo, se imprime todo.
En verdad, el diario propiamente dicho, no empezó sino con la Revolución. Rivarol apareció con su finura y brillantez; Desmoulins, con su elocuencia; otros más si no buenos escritores, plumas activas. Las luchas de ideas, los choques políticos, hacían necesaria la hoja con su noticia, su proclama o su comentario. Marat, terrible colega, lanza su Ami du Peuple; y el periodismo furioso y sanguinario tiene iniciadores como d’Hebert y Fréron, a quien Goldoni calificaba de «uomo molto istruito e sensatissimo». En el Directorio Babeuf funda su Journal de la Liberté de la Presse. Se escribe mucho y hay no sólo libertad, sino libertinaje.
Bajo el poder del emperador no hay expansión para la prensa. Después nacerán los Carrel, los Constant, los Paul Louis Courrier, precursores de los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, Drumont y compañía.
A la vuelta de los Borbones hay un despertamiento. El periódico cuenta con plumas como las de Bonald, Lamennais, Chateaubriand, que sustentan los principios conservadores, mientras el liberalismo tiene a Cousin, Guizot, Royer-Callard, Foy, Miguet, Thiers, etc. Más tarde, típicos representantes aparecerán, maestros como Janin y el gran Louis Veuillot. Girardin, como dice en una buena frase M. Edmond Pilon, crea la Presse d’un coup de plume et tue Armand Carrel d’un coup d’épée. A través de los cambios políticos, brillan los Louis Blanc, los Raspail, Hugo mismo, que fué colosal periodista. El segundo imperio llenó los diarios de literatos y poetas. Nacieron los Scholl, los Saint-Víctor, los Gautier, los Vacquerie. La guerra y la Comuna pasaron. Hubo una transformación en todo. Los diarios cambiaron de ideas, de rumbo, o suavizaron sus tendencias. El número ha aumentado largamente. Y un soplo venido de los Estados Unidos, ha propagado últimamente el espíritu yanqui en el diarismo, como ha creado el magazin, fotográfico, de actualidad y de curiosidad.
¿Quién no sabe que el Temps es el más serio y autorizado de los diarios parisienses? Sus cortos artículos editoriales resumen en juicios, casi siempre acertados, los movimientos de la política mundial. En cada número un redactor representa el pensamiento espiritual, la crítica fina, Pierre Mille o Nozieres, por ahora. Allí se publican las «interviews» famosas, «los paseos y visitas» de un eminente reporter: M. Adolphe Brisson. La crítica literaria y dramática cuenta siempre con dos «normaliens» de fuste. Los que han firmado, firman, o firmarán esas secciones, han sido, son o serán de la Academia Francesa. Los asuntos militares los tratan en largos artículos dos militaristas fuertes, como los hermanos Margueritte. Un reposado gentleman-farmer envía de cuando en cuando agradables cartas sobre agricultura. En el folletín hay casi siempre una novela extranjera.