Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux,
Bretteurs et menteurs sans vergogne
Ce sont les cadets de Gascogne...
Diez luises por lo menos. L’Aiglon, La Samaritaine, la mar de luises. Escribe cuando quiere, como quiere, en donde quiere. Su pegaso tiene una excelente caballeriza, y como cierto caballo de cierta novela de Henry de Regnier, «hace» monedas de oro. Siendo su fama parisiense, es mundial. Ha tenido el honor de que un poeta chicaguense quiera disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido la mano a través de los Pirineos. M. de Vogüe le dice sin ironía: «En pocos días llegáis a ser rey de la escena, emperador, mesías, poeta nacional y luego poeta universal.» Ninguna exageración le sienta mal. Su gloria es gascona. Tiene la suerte de hablar en una lengua que todo el mundo entiende. Sus piezas son representadas y aplaudidas en todos los teatros de la tierra. El poeta Mendès escribe de la Francia: «La patria de Corneille, Hugo y Rostand». Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como él, se dedica a admirarle y a quererle, y a hacerle una musa, una esposa y una amante incomparable. A los treinta y cuatro años es el Napoleón de la rima, el César de las tablas. La muchedumbre no le discute. La nobleza le sonríe, la sabiduría le aplaude. El, sencillamente, habla. «He encontrado la felicidad en Cambo. Allí paseo, respiro, sueño. Voy a hacerme construir una casa en un sitio incomparable. Tengo flores, tengo montañas, tengo el agua del gentil Nive, tengo la compañía de magníficos vascos. He ahí mi vida. ¿Para qué recargarla de cuidados superfluos? ¿Y por qué he de trabajar a la fuerza? ¿Qué es esa obligación de trabajo que se quiere imponer a todo el mundo? Si no tengo ganas de trabajar, ¿por qué he de trabajar?» Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand, el que hace nacer a su Cyrano en una cuna de oro y a su Aguilucho en un nido de marfil. Y luego él mismo se da a entender pescador de luna, en Lunel, cazador de sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas partes. ¡Veinard!: Rostand, o la Felicidad.
Todo no está, en la lógica de la existencia, muy puesto en razón. Es un caso excepcional... Y, en realidad de verdad, ¿para quién debía vaciar su cornucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello uso sabe hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la creencia de que, al contrario, al artista le es necesaria la penuria, la miseria. Hay absurdos bimanos que saben y repiten que Cervantes no cenó cuando concluyó el Quijote; que Homero fué un mendigo; que muchos grandes poetas vivieron y murieron en el sufrimiento y en la escasez. A título de poeta me decía una vez un amable hotentote: «Dios quiera que nunca le sonría a usted la fortuna», y pensaba hacerme un cumplimiento. Cumplimiento que se haría al pato y al ganso, cuyas patas se clavan para engordarles el hígado que ha de ser paté-de-foie-gras, o al pájaro armonioso cuyos ojos se sacan para que su canto sea mejor, según se asegura. No. El ruiseñor canta mejor bien mantenido y en jaula de oro. El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin los miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio cantaba hermosamente en su quinta, colmado de los oros del César; Lamartine nunca tuvo más melodía que cuando fué príncipe de riqueza; la lírica ancianidad de Hugo fué fecunda y frondosa al calor de los millones. ¿Qué no hubieran hecho Laforgue con fortuna, Verlaine poderoso, Mallarmé con rentas copiosas? La gloria de D’Annunzio es pactolizada. Y el talento innegable de Rostand no se alzaría tanto si, como se sabe muy bien, no hubiese sido sostenido por la omnipotencia de los cheques. Sus dramas han sido lanzados como cocotas. ¿Cuántos talentos como el de Rostand habrán desaparecido ignorados en Francia por no tener la llave que abre todas las puertas en nuestro tiempo de negocios? Claro es que lo que Dios no da, ni Salamanca ni el Banco de Francia lo prestan.
La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más que ineptitud y mediocridad, a pesar de cuantas maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo primero es ser pescador de luna; si se pesca desde un puente de plata, la dicha es mayor. Nadie como el artista sabe valorar y amar los bellos espectáculos, los exquisitos interiores, el mármol, la seda, el oro, el lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben qué hacer, entre el gozo irrazonado y el fastidio...
¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ninguna manera. El mérito del portalira es evidente. Solamente que, lo que es un grato jardín, como el «Verger de Coquelín», se confunde bajo el imperio de la réclame con un monte olímpico. Se ha llegado a pronunciar la palabra genio. ¡No, por Dios! Talento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, por Dios! El verbo de la Francia se llama Rabelais, Pascal, Voltaire, Hugo. M. Rostand, que sucede a M. de Bornier en su sillón de la Academia Francesa, es un poeta superior a M. de Bornier. Es un poeta elegante, delicado, bravo, sonoro, ágil, excelente rimador; y como teatral, como poeta de la escena, de primer orden. Nada más. ¡Y es mucho eso! No se burle de él la imbecilidad. No hay muchos como él. Pero hay otros que son más que él, y que no logran sus victorias porque no los lanzan los arregladores de fama y porque no hablan a la muchedumbre en el idioma de la muchedumbre. Axel no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier de l’Isle Adam hay su distancia...
En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho de que, por más que se diga, un poeta ha sido el ídolo de París en momentos en que tan solamente logran laureles y premios los automovilistas y los reyes de la bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también el ideal, la poesía. El clown de Banville hizo también una especie de looping-the-loop, y entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el plafón azul del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad... Sin embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias protestas. Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en cualidades diferentes al autor del Aiglón, inferior a Banville, a Mendés, a Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del Mediodía—no hay peor cuña que la del mismo palo—, Jean Carrère, que es, con el victorioso, terrible y flagelante. Y señala esa victoria resonante como exteriorización de un mal francés que trae decadencia y mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que ha leído a M. Groussac en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos años! ¿Qué amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores, los autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia Francesa los diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional; parecía que la Francia había concluído su misión. Una pobre actricilla se quemó allí: duelo universal. Se la enterró con una pompa solemne que no conocerá nunca un libertador de la patria o un descubridor de nuevas rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las polémicas en estos años recientes? ¡La querella de M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre cabotina no se puede enojar con su director sin que el ministro se mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué nos enorgullecemos en nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas, del éxito de nuestros actores, de las tournées triomphales, de nuestras grandes vedettes. Mme. Réjane no puede volver de Inglaterra sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si acabase de conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y emperadores.» Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la «misión civilizadora de M. Truffier», y la locura de los diarios con cualquier acontecimiento de bambalinas. El teatro es todo, dirige todo, absorbe todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nuestra propia situación. Lo más doloroso, en efecto, es que, semejantes a los actores que se embriagan con su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia del teatro, y creemos en una grandeza que no es sino la ilusión de la escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia cuando aplauden a los actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para nosotros de desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a los que saben comprender había en la actitud de ese emperador feudal y guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como representante de la Francia, a su ilustre valet de comédie!» Monsieur Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional; pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los galos, que enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco representó un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran Emperador que fué a las Pirámides y a Santa Elena, tragediante, comediante... Rostand defiende las tablas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que aproveche de su vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega la mano invisible que baja el telón.