Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda pena esas compañías infantiles que suelen recorrer los países representando piezas hechas para los actores grandes? Macabras y horribles son las barbas postizas de los galanes jóvenes impúberes; las declaraciones de amor a jovencitas en formación, y las coqueterías ácidas de ellas. ¿Cómo puede agradar esa especie de prostitución de la niñez? Aquí en París había un teatrito de esos en un «pasaje», en el cual tan solamente hallarían complacencia lectores de la Justina, del «divino» marqués o de la Antijustina, del Retif.

Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, por manejos y artes de horticultor, precipitan su madurez, no son buenos al paladar. En las almas pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento como en crimen, no puede sino ser signo de degeneración. Debe afligirse un padre ante el espectáculo de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En los paseos públicos, en los jardines, suelen verse aquí niñitas que en sus maneras y aspectos son Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si no con el espíritu pervertido, con una idea muy especial de la existencia, crecen y se desarrollan chicuelas como la autora de la carta que he citado, la que quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años se piensa así, ¿qué será a los veinte?

ROSTAND, O LA FELICIDAD

ONSIEUR Edmond Rostand, el célebre autor de Cyrano, el benjamín de la Academia Francesa, es, indudablemente, un hombre feliz. Sus muchas docenas de admirables camisas son las camisas del hombre feliz. Tiene millones, tiene una linda mujer que le comprende dos veces y que se llama Rosamunda. Va a hacerse una casita de soñar y gozar en Cambo, lugar meridional y florido. Cada paso que ha dado ha sido un triunfo. París y las parisienses se han enamorado del rey Rostand. Su entrada al palacio Mazarín ha sido un acontecimiento nacional. Si viene una emperatriz, él es quien la saluda en verso. Los reporters publican sus menores gestos y comentan sus menores deseos. En el Museo Grevin tiene su estatua de cera. La fotografía le ha popularizado en todas las posturas. En las ilustraciones se le ve kodakeado en el campo, ilustremente, al lado de su esposa, como antes a Daudet con la suya. El día de su recepción de inmortal, Sarah llevaba el compás de las frases y Coquelín le besó. Es un poeta. Y tiene lo que es para un poeta más que para nadie indispensable: tiene millones. Gusta, naturalmente, de la elegancia y del lujo, y en ellos vive. Era enfermizo; hoy tiene hasta salud. Cada vez que escribe un verso se gana un luis, si no más: