De cuando en cuando examino el recinto, que ya conozco. Es el mismo estudio modesto en donde he visto nacer y morir, por la voluntad descontentadiza de su autor, muchas obras que no alcanzaron el grado de su deseo; el mismo modesto, modestísimo estudio, en donde he oído al gran Rodin dar alabanza y estímulo al joven estatuario que sueña con el día feliz en que a su patria llegue el triunfo del arte verdadero y desinteresado, del arte sincero y noble de que los pueblos tienen necesidad como del pan. En un rincón veo, envuelta en sus paños, la nueva obra que he venido a visitar, la que ha satisfecho a su creador lo suficiente para librarse del martillo iconoclasta.

En las paredes están las reproducciones de piezas anatómicas y fragmentos de yeso, copias de trozos célebres. No lejos encuentro varias maquettes del ideado monumento de un héroe argentino. A un lado el estante de los libros, que suple a los amigos en la vida cuasi ascética de este solitario estudioso y serio, serio hasta la melancolía.

Puesta a un lado, después de largo rato de labor, la figura que está en estudio actualmente, la modelo descansa. Luego se viste cerca de la salamandra que da su sabroso calor, y se despide de nosotros sonriente, con un apretón de manos y un sonoro arrivederci de su linda boca de Italia.

Entonces veo la obra nueva «Las pecadoras».

Rogelio Irurtia es joven, pero su talento es de una fuerza sólida y madura. Comenzó sus estudios en Buenos Aires, ha hecho el viaje a Italia, indispensable para todo artista, y luego ha venido a París pensionado por el Gobierno. De un carácter concentrado, retraído, tímido como todos los vigorosos, ha vivido siempre dedicado a su arte, en esta maravillosa metrópoli de las metrópolis, y ninguno de los halagos y tentaciones de este ambiente de placeres lo ha arrancado a su meditación y a su ensueño, defendido por una labor continua y una soledad discreta. En las almas de los artistas existen las vírgenes cuerdas y las vírgenes locas. La de Irurtia es de las cuerdas. Su cultura no es extensa, pero es firme. No quiere hacer literatura de mármol o de bronce. Ha encarnado simplemente y humanamente el problema de la vida. Ha puesto los ojos de su espíritu y de su cuerpo en el espectáculo del sufrimiento humano. Como Constantin Mennier, se ha sentido conmovido por el Trabajo, y como Rodin, a quien admira, por la dominación del amor omnipotente que arde en la tierra. Y ha visto directamente, sin lentes de preocupación ni anteojos académicos. Con esto está ya significado que no existe en él la tendencia a lo retórico y menos a lo bonito, ni la sujección a los fríos cánones de los dirigentes diplomados. Es un talento leal consigo mismo. Aunque tiene sus admiraciones, no juzga que tenga que sujetarse nadie al yugo de los maestros, por grandes que sean, a la imitación de estilos o maneras que cuando valen y vencen, es que son manifestaciones de temperamentos, exteriorizaciones de potencias individuales. Así, siempre ha sido hasta cruel con su propia producción. Ha intentado y vuelto a intentar dar realidad a su pensamiento, y, como lo he dicho antes, ha destruído lo que no ha satisfecho a su propósito. Entre otras, he sentido la desaparición, el año pasado, de una «Maternidad» expresiva y de singular ejecución. En verdad, el grupo actual, la creación reciente, merece vivir, y vive por su propia razón. «Las pecadoras» afirman un maestro de mañana y una innegable fuerza de ahora. Quien así sabe representar uno de los más duros aspectos del dolor humano, merece el aplauso de todos y el orgullo de los suyos. «Las pecadoras»—me dice—son mujeres que, agobiadas por el peso de sus remordimientos, vagan sin patria, sin otra esperanza que la Cruz, ¡su única consolación!». En efecto, son las fatales máquinas de amor, el pobre y terrible rebaño de prostitución, el animal de belleza y miseria, la castigadora víctima, la hembra apocalíptica en cuya frente se lee la palabra Misterium. Este concepto de la eterna Magdalena, y su fin de esperanza, es raro en un artista que piensa en este formidable París moderno en una época en que se proclama el endiosamiento de la cortesana, y en que toda idea de cristianismo lucha contra gruesas oleadas de positivismo, de sensualismo, de indiferencia y de crueldad.

La cortesana, la pecadora de hoy, sale significando la danza, con su cuerpo deformado por el uso del corsé, pero admirable, del taller de Falguiere, o deja, cuando muere, millones en joyas que se venden en la casa de remates. Es el ídolo, es la tirana, es la dueña. Cierto es que esos son tipos de cortesanas y no la cortesana. La pecadora de Irurtia ha caído, y vaga luego como una sombra de duelo y de pena. Mientras Popea tiene siempre litera, otras de sus infelices compañeras acechan por las Suburras. En la obra de que me ocupo, la idea es cristiana, la «obscura total idea», para emplear una frase de Schiller en su correspondencia con Goethe. Si el autor, con un amor pagano, ha modelado las formas, y con un cuidado antiguo ha tratado la drapérie, es modernísimo en la expresión y en la comprensión del sujeto. ¿Hay alguna reminiscencia en ese estilo que brega por ser personal? Es posible. El autor no asiste al taller de Fidias en esta presente Atenas; pero, de hacerlo, entre Agorácrito y Alcámenes, sería Alcámenes, por sus ímpetus de independencia, por su anhelo incesante de libertad. Esa independencia la ha demostrado no dejándose arrastrar por la moda o por el snobismo, que hacen de la violencia rodiniana la única manera aceptable en escultura. Pero al lado de un Rodín, ¿no existe, por ejemplo, un Bartholomé?

Volviendo al tema del grupo, Afrodita tiene hoy un culto praxiteliano. Las hetairas son representadas como sacerdotisas de amor carnal; es el tiempo en que en los Salones los maestros exponen, en esculturas policromas, como en la antigüedad, el poema del cuerpo femenino, tan solamente visto a la luz de la filosofía del placer. Es el tiempo en que a esos escultores corresponden eminentes escritores paganizantes, como M. Paul Adam y M. Pierre Louys. Cratina es modelo y se frecuenta la casa de Friné. Irurtia, cristiano, mira el más allá, sin limitarse exclusivamente a oir las doctrinas de los seguidores de Epicuro. Su visión es áspera y tenebrosa, pero tras esa tiniebla hay una luz para él indiscutible. El comprende a las Marías de Magdala y a las Marías de Egipto. Yo no sé que otro, antes que él, haya extraído del negro tema de la Trata de blancas una obra semejante. En este sentido, este trabajo une a su mérito estético un valor moral. Digo moral, no moralizador... Irurtia no es miembro de Liga, ni periodista, ni soldado de la Salvation Army, ni amigo del senador Berenger. Es un artista.

¡Un artista!

Es tiempo ya de que ese gran país sepa lo que las patrias deben a las artes. Ya el lujo dejó para el cuerpo la ostentación, la riqueza. Ahora, lo que al espíritu le toca. Hay que seguir el ejemplo de los Estados Unidos, que siendo nación de trabajo enorme, protege hoy largamente a sus artistas. «Somos, un país esencialmente agrícola y pecuario.» Entendido. Hace miles de años una rama de la raza indogermánica, los griegos, llegó al más admirable cultivo y gozo del arte; pero antes, en Grecia, habitaban los pelasgos, que eran esencialmente agricultores. El cultivo de la tierra, el pastoreo, fueron primero que la Lira, que el carro de Terpis, que el mármol labrado por Policleto, que el triunfo completo del arte en la tierra armoniosa y divina. Luego, el arte ateniense, ¿dónde encuentra sus mejores seguidores? En el Peloponeso; pero, sobre todo, entre los trabajadores, entre los activos e industriosos argivos. El pueblo etrusco fué también primero un pueblo de trabajo y de empresas prácticas: filotecnon etnos. Las grandes ciudades artísticas italianas fueron ciudades industriosas y comerciantes. ¿Por qué la República Argentina, que hoy asombra al mundo por sus progresos materiales y prácticos, no ha de llegar a brillar en la civilización humana por sus artistas, sobre todo contando con abundancia de «espíritu primo», de talento nativo? Dígase lo que se diga, en la juventud argentina hay un tesoro colosal de porvenir. Para lograrlo, hay que pensar en el toro nacional... ¿Cómo?

Hay un mito antiguo—recientemente tratado por M. Paul Adam, a propósito de la obra de Franz Cumont, sobre los Misterios de Mithra—que parecería inventado de propósito para el pueblo argentino. «Es un símbolo maravilloso, dice, el venerado por el culto de Mithra, el joven dios pérsico, cuyo culto secreto han propagado los legionarios romanos a través de la Europa occidental desde los tiempos de César.»