Más que el Gourmont de hoy—¿por qué no decirlo?—me place aquel Gourmont de antaño—¡de ese antaño no tan lejano!—que convenía a mis mirajes de juventud. Leyendo una página de la Física de amor, por ejemplo, tengo nostalgia del ambiente de las Letanías de la Rosa, de las Prosas morosas... Sin embargo, cada estación de la vida tiene sus frutos, y de ese robusto árbol mental la savia siempre es la misma.

En alguna ocasión he de realizar un verdadero ensayo sobre la obra de M. de Gourmont: Sixtine, novela de la vida cerebral; el Latin mistique, que tanto alabara Huysmans, y que es labor de concienzudo sabio al par que poeta; Lilith, poema dialogado de una extraordinaria concepción y de una purísima forma; Le Fantôme, en que está entrevisto el enigma de la mujer a través de un extraño ceremonial de ideas y de sensaciones, en un rito a la vez carnal y cuasi religioso; Théodat, la pieza dramática que dió tanto que decir cuando se representó, en el Théatre D’Art, en los floridos días del simbolismo; el admirable ensayo sobre Idéalisme; las joyas verbales de Fleurs de jadis; la secreta hermosura del Château singulier, y de las Proses moroses; la Historie tragique de la princesse Phenisa, los Hieroglyfes y las Histoires magiques, que en realidad lo son; Phocas, prodigiosa resurrección; y luego su obra de crítica, las decisivas y famosas Masques, que ilustró tan originalmente Valloton; su profunda y sólida Esthetique de la langue française, la Culture des idées, Le probleme du style, que destruye los sueños de inmortalidad de los que juzgan que todo se hace por recetas, y ese Chemin de Velours, de una filosofía tan nueva y de un tan agudo interés. Y luego las novelas, como Les Chevaux de Diomeds, en que el psicólogo seguro se une al celebrante de las glorias sensuales, o Le songe d’une femme, castillos en el aire y placer animal, ensueño y abrazo. Y después sus cuentos y tal o cual creación perfecta, como ese shakespeareano Vieux Roy, que la América latina conoce en castellano gracias a la versión de nuestro armonioso y soñador Díaz Romero.

Y, por último, la obra poética, corta, pero de especial riqueza de calidad, la cual, sí, no puede ser gustada sino por entendimientos escogidos. Así, Les saintes du Paradise, las Oraisons mauvaises y tales cuales poemas perdidos en las revistas. Sin contar con la vasta labor de las ediciones de ciertos autores antiguos que este bibliófilo entre los bibliófilos ha sabido dirigir, con un arte y un gusto que harán regocijarse en su eternidad el alma del abuelo Gillis. Y con los incomparables Epilogues, reflexiones, consideraciones, concreciones filosóficas, que, reunidos a la manera de algunos libros de Nietzsche, forman un trabajo de alto valer, macizo y firme bajo su ligera apariencia.

Su último libro, la Fisique de l’Amour, es un admirable estudio sobre la función sexual en la naturaleza; hay un deleitable maridaje de ciencia y de arte. El pensador y el artista son en este caso—como en el de Maeterlink—uno mismo. Y los que logran absorber el sutil vapor de ideas que se desprende de la obra de ese solitario, de ese aislado, de ese maestro meditabundo, son recompensados con la íntima voluptuosidad de comprender y admirar.

HENRI DE GROUX

OS diarios de París dieron la noticia. «El pintor de Groux ha desaparecido.» Me llamó la atención que los diarios se ocupasen del pintor de Groux, desaparecido o no... A poco se aumentó la noticia: «El pintor de Groux, que había desaparecido, ha estado encerrado en una casa de locos en Italia; de allí se ha fugado y no se sabe en dónde está.» Luego: «El pintor de Groux ha parecido y está en Marsella. Es cierto que se ha fugado de una casa de locos.» ¡Mi pobre amigo de Groux!

A éste es al único intelectual de por aquí que he podido llamar verdaderamente «amigo» durante un tiempo, en este ambiente en donde cada día me siento más extranjero... Me lo presentaron la admiración, el arte, la pobreza. Le he tratado íntimamente, en compañía del poeta Amado Nervo. Era allá en la época de la Exposición. Los tres nos juntábamos en casa de un músico iluminado, teósofo y swedemborguiano, que nos quería convertir... No duró mucho su tentativa, sino sospecho que todos hubiéramos ido a parar a la casa de Italia que ha hospedado a de Groux, a menos que no nos metiesen aquí cerca, en Charenton.