Mas ¿ha habido verdaderamente motivo para aprisionar como orate al desventurado artista? No hay duda de que su aspecto, su indumentaria, sus maneras, acusan cierta excentricidad...; ¡pero entonces habría que encerrar al ochenta por ciento de las gentes!... Además, para los que siguen al pie de la letra las teorías y los decires de los señores Lombroso, Nordau y compañía, el autor del «Cristo de los ultrajes» no es, ni puede ser, una persona normal y sana... Si se le trata, el diagnóstico se confirma, y si se le oye juzgar a los hombres, y especialmente a los artistas de su tiempo, se le declarará digno de la ducha y de la camisa de fuerza. Su figura es igual, según León Bloy, a la de Ernest Hello. Bloy también ha escrito en alguna parte que de Groux lleva consigo el daño y la desgracia, que es jetattore..., y esto después de ponerlo a la altura del sol y de la luna como artista... «¡Buen servicio le debo!», me decía en ricanant el pobre pintor. Alguien me ha afirmado que éste tuvo una parte de su vida en auge y ganancia; que entonces ayudó a todo el que lo solicitaba. Mas la perra suerte, la mala sombra, como dicen en España, la guigne, como dicen aquí, le ha perseguido toda su vida. A tal grado, que me explico aseguren que se halla atacado del delirio de la persecución.

No se pueden recibir tantos palos de lo desconocido; no se puede ser la cabeza de turco de lo invisible sin sentirse una natural inquietud, que acaba por desencuadernar los sesos. Y luego, en la dolorosa esclavitud de un artista selecto que, tiene que padecer horribles promiscuidades y la tiranía del industrialismo, las injusticias de la crítica, que no señala el éxito sino al que la paga; y en las durezas de la vida de necesidad de quien no quiere prostituir su talento, en el aislamiento de su orgullo, con los nervios vibrantes a cada paso, con la sangre revuelta de rabia ante las imprudencias de la réclame, no encontrando sino sonrisas de desdén en unos, conmiseración ineficaz en otros, dificultades para trabajar, penas íntimas y la rebusca cotidiana de lo preciso..., no sé quién, estoicamente, pudiera resistir. Pues aquí la lucha es enormemente mayor que en ninguna parte, y las dificultades y los inconvenientes para un artista, para un hombre de pensamiento se multiplican más que para nadie. Así son de numerosos los naufragios. Así es infinito el número de los desaparecidos en la tormenta de París. De miles no queda ni el nombre ni el recuerdo. El arrivismo ha traído después el más funesto de los males, el crack de la gloria y el imperio de la gloriola. Es el momento para los prestidigitadores de la fama. Es el momento para los amantes del instante, del éxito, del succés. Los espíritus aislados, los que no entran en la corriente, son señalados. Y aun de esos, hay quienes aflojan.

En verdad, si algún pecado atrae el misterioso castigo de la «fuerza enemiga» en Henri de Groux, o es el de la carne, o es el del orgullo. Su obra no es, ni con mucho, casta; pues en sus desnudeces más olímpicas y paganas aparece una concepción del encanto femenino completamente católica; es decir, lujuriosa. La antigua Venus imponente y sencilla, impulsora de las fuerzas naturales, tiene poco que ver con esas figuras ambiguas nacidas al influjo de preocupaciones teológicas y soplos demoníacos. Hay mucho de dantesco en el conjunto de sus pinturas, y mucha semilla medioeval, que ha hecho brotar a través del tiempo, en medio de las intranquilidades y exacerbaciones de los fines del siglo pasado, una extraña vegetación de cactus y orquídeas infernales. A pesar de las conquistas de la eternamente perfeccionable y corregible corporación de los sabios, el Diablo, como el Dios del famoso director de periódico, será «siempre de actualidad.»

En cuanto al orgullo del artista, es enorme, ciertamente, aumentado por los injustos triunfos de la mediocridad y por el inconcebible rebajamiento del gusto general en nuestra época, tan llena de indiferencia por las altas cosas mentales. El sustenta su categoría, abomina a los predicadores de la igualdad, cara a los pequeños, y mira sus semejantes tan solamente en otros tiempos pasados. Eso no se lo perdonan los acomodaticios fabricantes y los que aceptan la imposición de la chatura común. El no figura en la cáfila de pagadores de biografías y autorretratos de tal diario de mostrador y pulpería; él no se echa por la calle del medio a hacer retratos mundanos; dice, donde quiera que le pongan atención, lo mal que piensa de los Carolus Durán y otros del Instituto; ríe con risa maligna; tiene la ocurrencia corrosiva, la broma ácida; agregad a esto el no ser propiamente un Adonis, antes bien un «tipo» singular, el soñar continuamente, el fracasar en cuanta tentativa de mejorar de fortuna ha hecho, y el monologar a veces por la calle... decidme si no es muy explicable que buenos burgueses florentinos y mal intencionados compatriotas, de consuno, le hayan hecho ir a parar al manicomio... De donde, felizmente, logró escaparse, y en donde encontró tema para otro de sus poemas pictóricos extraordinarios... El también, como el Gibelino, a quien admira y ha interpretado, puede decir que vuelve del infierno.

Es de todas maneras una existencia trágica la suya, y su obra es como su existencia. El conflicto estalla por la hostilidad del medio y su ninguna voluntad de adaptación. Es un desarraigado de un lejano siglo, un extranjero en la humanidad que presencia la lucha rusojaponesa... Un día he visto en su taller algunos de los «retratos» que ha hecho: Dante, Wagner, Luis II de Baviera, León Bloy, Baudelaire, entendidos a su modo extraño, misterioso... Un libro había por allí: las Fleurs du mal... ¡Eso ha sacado de las malas compañías! Y si al primer llegado se le preguntase qué piensa de la carrera fatigosa y de la vida de de Groux, de seguro que os saldría con el eterno recurso de la bohemia. De Groux, sin embargo, es cabalmente algo muy distinto del tipo tradicional del bohemio. Desde luego, y a pesar de su faz a veces rubicunda y sus frecuentaciones del café, es sobrio. Es casado, tiene familia. Es triste y serio, como no toque en la conversación un asunto que haga estallar su bilis en carcajadas hirientes. Como todo hombre de su intelecto, tiene una leyenda, que se yuxtapone a la realidad de su trabajado pasar. Ha sufrido días muy duros, temporadas harto amargas, que su ex amigo Bloy ha dejado ver de manera bien transparente en su Mendiant ingrant y en su reciente Mon Journal. Ha intentado cien veces el seguir un trabajo ordenado que le diese la realización de tanto cuadro en proyecto como tiene ideado; mas hay algo, sin duda alguna, algo que le acosa y le hace siempre desmayar en medio de la tarea: es un perseguido de la miseria. No le han faltado mecenas temporarios, cuyos apoyos no le han servido sino para reposar un tanto en su carrera de fatigas y penurias. El primero fué el rey Leopoldo, su compatriota; el último fué, según él mismo me lo contara hace como un año, la princesa de Wolkenstein-Trotzburg, esposa del embajador austriaco en París, dama que se distingue por su entusiasmo por Wagner y que ha sabido apreciar el mérito de de Groux.

En cuanto a los vendedores de cuadros y dueños de salas de exposición han sido para el asendereado artista, según su impresión y experiencia, feroces. Los usos y gestos de ese temible grupo han sido denunciados más de una vez por escritores valientes, desgraciadamente no en la prensa diaria, que por más de una razón no aceptaría tales claridades, sino en revistas de circulación reducida. Allí han hablado los Mauclair y los Peladan. Allí se han expuesto las criminales maniobras de los lanzadores de renombre en provecho propio; de los que preparan sus stocks de telas para pregonar el mérito de tal o cual impresionista vivo o muerto; de los mantenedores de la crítica simoníaca; de los explotadores del talento; de los martirizadores del desconocido genial; de los usureros de la fama y asesinos de la necesidad.

Se han expresado sus intrigas y sus añagazas, y cómo desuellan a los pobres artistas que llegan a sus puestos, y cómo se hacen pagar enormemente el derecho de una exposición, y cómo ellos, a su vez, lanzan, es la palabra, y ponen de actualidad tal talento averiado, tal amateur con fortuna o tal olvidada mediocridad, a la que se hace el boniment para engañar a las gentes.

Si los turiferarios de la falsa gloria le han evitado, de Groux ha tenido en cambio la aprobación de ciertos excelentes. Remy de Gourmont, Heredia, han sido sus amigos; Mirbeau, Verhaeren, Camile Lemonnier, Eockoud, Fontainas y el tremendo Bloy, han escrito sobre él páginas brillantes de entusiasmo. El último, en su apocalíptica fuga, ha clamoreado la grandeza del genio de de Groux a los cuatro puntos cardinales. De pocos pintores de estos tiempos, y de todos los tiempos, se han dicho palabras semejantes. Hace ya años escribía el fuerte Lemonnier: «Ese joven Henri de Groux, ese espíritu impermeable y virgen sobre el cual se ha deslizado sin penetrarle la corrosiva educación de un tiempo propicio a los malignos y funestos, a los instintivos, de repente se denuncia épico, afiebrado de cataclismos, torturado de imágenes sangrientas, sin parentesco con ninguna escuela, sin analogía con sus antecesores, sino es tal vez con Delacroix, hambriento de destrozos y carnicerías, todo empurpurado de sus flujos bermejos». Y Jules Destree: «Al lado de ese temperamento de colorista que le acerca a Delacroix al punto que se le pudiera aplicar muy adecuadamente los versos de Baudelaire:

Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges,
Ombragé par un bois de sapins toujours, verts,
Ou, sous un ciel chagrin, des fanfares ét ranges
Passent, comme un soupir étouffé de Weber.

Al lado de esos dones prestigiosos y sutiles, su parentesco con los primitivos es muy cierto. Como ellos, tiende sobre todo a ser sugestivo. Su realismo es cuidadoso de la naturaleza y de la verdad, pero es evocador del ensueño, se lanza más lejos que la realidad, con proyecciones de más allá, en el infinito del pensamiento, de misterio y de sueño por todas partes esparcido y flotante alrededor de nosotros, realismo con brotes de alma, sobrenaturalismo que es la expresión más alta del arte verídico y grande.» «Es únicamente un artista, un filósofo», afirmaba André Fontainas. El diálogo entre el rey Leopoldo y el pintor, contado por Charles Buet, es curioso: «—Monsieur de Groux—dijo el rey visitando el Salón—; conocía ya la obra de vuestro padre. Es la primera obra vuestra que veo. Habéis hecho una cosa muy extraña, pero es una página notable. Quisiera haceros algunas preguntas.—Tengo la certeza, sire,—respondió Henri de Groux—, de haber hecho, en efecto, una cosa muy extraña y seguramente intolerable para el philistin. Así me siento feliz de que haya tenido la fortuna de gustaros.—Sí; pero ¿por qué los habéis hecho a todos tan obstinadamente feos?—Sire, pensé que los sentimientos que ellos expresaban no debían embellecerlos.—Pero el Cristo mismo, ¿por qué es tan feo? ¿Por qué expresa el pavor, el espanto?—La tradición le representa bello y lleno de esperanza.—He pensado que el Cristo, siendo Dios que se ha hecho hombre para asumir todos los dolores y todas las miserias humanas, no podía ser bello, al menos de la belleza vulgar, y que en esa circunstancia había debido asumir el miedo, el miedo físico, y aun la apariencia, el aspecto de la culpabilidad».—Lo que decís es interesante, pero muy audaz.» «Tal vez, agrega Buet, pues Henri de Groux no es heterodoxo pintando a Jesús feo, que los primitivos han siempre representado así, según un texto de Tertuliano, del tratado De carne Christi, y según también la palabra del salmista: Ego sum verneis et non home, opprobrium hominum et abjetio plebis.» Y sobre ese mismo cuadro del «Cristo de los ultrajes» declaraba William Ritter: «¡Y bien! El «Cristo de los ultrajes», que sólo la música había osado por el genio fulgurante de Juan Sebastián Bach, Henri de Groux, en fin, nos lo ha dado, y nos lo ha dado tal, que el suplicio de Matho, entregado a la plebe de Cartago en Salambó, no es nada al lado de esta espantable pena.» Y Octave Mirbeau: «Bajo su aparente ingenuidad de primitivo, M. Henri de Groux es un pintor consumado; es maravillosamente hábil en el juego de los colores. Sus telas tienen el aspecto de objetos preciosos, de materia lujosa que deben, ante todo, mostrar las obras de arte. Hay en él una mezcla de tapicero persa y de imaginero gótico, con todo un golpe de acentuaciones a la Rembrandt. Sus telas son meticulosamente compuestas; desde el punto de vista del color, es el color el que guía y dirige. En su aparente desorden es minuciosamente lógico, y su imaginación, que es viva, que es desbordante de verbo, no va sino hasta donde el color le indica ir. Su «Moisés salvado de las aguas», así como sus bohemios, son puras obras maestras de colorista. La alegría de esas telas estalla en sonoridades soberbias», Y Charles Morice: «¡La vida, la verdad de la vida! Es ella la que de Groux, en los ojos de los músicos y de los poetas y de otros héroes, y en las obras por su pincel comentadas, ve y nos muestra con el gesto imperioso de una voluntad orgullosa de no ceder bajo el peso del pensamiento.» «Artista violento, tumultuoso, conmovedor, siempre original, que llega a una intensidad de realización y de evocación que se impone a la imaginación y fuerza a la memoria, tal se afirma», dice Charles Salunier. «Es, ante todo, un poeta», señala Ivanoe Rambosson. Su nombre es célebre en el arte contemporáneo «de excepción», como diría Vittorio Pica. Este mismo crítico italiano ha estudiado en una de sus más bellas obras el talento y la producción de Henri de Groux. He aquí cómo describe un cuadro terrible: «Les trainards, rêve aprés la bataille»; «Rappresentava un campo dopo la bataglia: in alto della tela scorgevansi le case del vicino villagio; in primo e secondo piano v’ra una confusione raccapricciante di cadaveri e di carrogne sbudellate e sanguinolenti, di ferilli in agonia, di sconquassati ordegni guerreschi e, in mezzo a tale cuenta rovina, avanzavansi, a passi cauti, cinque o sei losche figure di depredatori di cadaveri, seguiti da carretini, tirate da grossi cani di Terranovae sovraccarricho di spoglie.