Lo spettaculo era allucinante, macabro, espettrale e, ad acrescere l’orrore, contribuiva tanto la voluta mancanza anche del più piccolo lembo di firmamento quanto le deficienze di prospettiva e l’uniforme tinta verdastra, evocante il colore della putrefazione. Como esprimere con parole la terribilitá di quei cadaveri aggroviagliati, affastellati l’uno sull’altro, chiarrati disgustosamente di sangre, con le budella serpeggianti fuori dal ventre? ¿Come esprimere il supremo orrore di quegli occhi vitrei e spalancati, che nessuna mano pietosa aveva chiusi?»

Pues, en realidad, Henri de Groux es un artista de horror y de misterio.

Su obra, complicada y ya vasta, abarca varios ciclos: el ciclo dantesco, el wagneriano, el napoleónico, fuera de variados y alucinantes espectáculos de imaginación y enigma que se ha complacido en trasladar a la tela.

Es uno de los pocos artistas gráficos que hayan logrado evocar los extraños ambientes y percepciones de los sueños, y esas cosas raras e inexplicables que supiéranse de otras existencias y que se encuentran en tales páginas de extraordinarios escritores, como Poe, Mallarmé, Quincey.

Sus páginas de sombra y espanto llegan a la angustia de ciertas pesadillas. Su visión tenebrosa hace pensar en los bajos fondos de la demonología, en tormentosos terrores milenarios, signos y conjunciones astrales, lluvias de sangre, presagios y apariciones funestas. Es un prodigioso expresador de pavores y un fatal evocador y comentador del fantasma que nos habita. En su «Morituri» surge la Muerte cabalgante sobre la desolación de la campaña llena de cadáveres; en sus «Vendanges» traduce la irrupción de las cóleras siniestras populares en el corazón de la noche; su Napoleón no es el dios dueño del Aguila como Júpiter, sino un Napoleón de desolación, de meditación, de triste humanidad. Es el espectro de los espectros, ya en la vida retirada de Rusia, ya en la caída de Waterloo o en Santa Elena; Napoleón, ojeroso, meditabundo, miserable, bajo la tempestad de Dios. De su «Cristo de los ultrajes» nadie ha hablado como el tonante Bloy: «Es el sufrimiento del Cristo, tal como lo han contado los santos visionarios en libros de diamantes que sobrevivirán al juicio final de las literaturas; tal como lo han certificado los testigos que se hacían «degollar» para obedecer a la orden de ser «configurados en su muerte»; tal, en fin, como la Iglesia, no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo enseña en su pavorosa Liturgia. Es el huracán de las torturas imaginables, sin el contrapeso de ninguna eficaz piedad para el agonizante voluntario, cuyo último suspiro extingue el sol y turba las constelaciones.»

Sus cuadros dantescos, más que ilustraciones de la Divina Comedia, son telas poemales que trasponen la idea del poeta a la concepción del artista. Lo propio sus encarnaciones wagnerianas. Mas en lo que he de insistir es en su don milagroso de revelador, o, mejor dicho, recordador de otros planos psíquicos, de otras rememoraciones de confusas existencias, misterioso siempre; misterioso en su orientalismo insinuante de detalles y perspectivas, misterioso en sus figuras de mujeres ultraturbadoras y de un más que humano secreto; ni la Eva dormida, o la Palas sentada, o la carnal Jezabel, o la acre y almizclada adolescente del frontispicio diabólico del «Pehor», de Gourmont; misterioso en sus aglomeradas muchedumbres, en la manifestación del alma baja y feroz de los populachos, de la erupción de instintos crueles y bestiales de las heces humanas; misterioso en las actitudes y miradas de sus héroes y hasta de sus animales y larvas, sus leones, sus águilas, sus caballos, sus buhos, sobre todo sus buhos; o ya en sus mitologías, o en las reminiscencias de malos sueños; en su cultura macabra de las facies cadavéricas, en las alusiones satánicas y relentes de ultratumba, en la traslación de la atmósfera sensible de «cuento», de leyenda, de delirio o de locura.

Buen artista, de Groux es compasivo con los humildes de abajo, con el pueblo que sufre la tiranía de la estupidez triunfante. Mas no se mezcla con los brutales elementos. Quiere «sólo un déspota, el Genio», como dice brava y aristocráticamente ese cantor de las rojas esperanzas que tiene por nombre Alberto Ghiraldo. Tiene el horror de la burguesía ostentosa e ignara de la nobleza decadente y rebajada, del igualitarismo, tan odioso como imposible. Baudelaire ha sido uno de sus peligrosos guías en su senda de tinieblas y de espantos. De tanto frecuentar el reino de lo desconocido, en donde no se camina sino tanteando el lado de los abismos y negros despeñaderos, y en donde no puede prestarle sus ojos nictálopes su amigo el buho, es probable que su cerebro no se encuentre completamente fácil para el diario comercio de los hombres. Es posible también que en el imperio de las tinieblas enemigas cuente con más de una animosidad. Y si, como asegura Bloy, se ha olvidado por completo de Dios, todo él está vulnerable para los puñales invisibles.

El ha ofrecido seguir en su tarea de creador de cosas misteriosas, y de su contacto con la locura en el manicomio italiano ha de sacar nuevas apariencias de horrores visionarios. Si de la nocturna confabulación de contrarias fuerzas sale su fatal sentencia, será una pérdida para el alto arte, un duelo para el pensamiento. Será el golpe final para quien, desde la cuna, fué señalado a la desgracia y al dolor como víctima de un influjo saturnino, de una influencia maligna, diría el pobre Lelian.

Mas ojalá, robusteciéndose, si es posible, en las ásperas luchas, cobrando aliento después de las sacudidas de la hostil suerte, halle en la labor metódica un consuelo y una salvación.

Aunque, ¡la pobreza es tan infame!