Hay la idea común de que los parnasianos fueron simples artesanos del verso, fabricantes de piezas de orfebrería. «Nosotros, que cincelamos los versos como copas», decía uno de los más grandes entre ellos. El verbo humano y el ritmo divino tienen tal virtud, que no le es posible al artífice más impasible labrar una copa que no esté siempre llena de algo. La copa vacía es imposible. Siempre habrá en el vino de poesía diluído un sentimiento, un pensamiento. Y en las urnas de José María de Heredia se conserva un licor precioso que ganará calidades envejeciendo. Ciertamente fué un orfebre como todos los del Parnaso. Tenía el cuidado de la rima, la preocupación de la palabra y, naturalmente, el orgullo del pensamiento. No hay uno solo de los «impasibles» que no tenga en su estrofa, en la apariencia, fría, un estremecimiento emocional, pues emoción hay hasta en las más profundas especulaciones mentales.
Lo que distingue a Heredia es la frecuencia del mármol y del metal, materiales de su labor. La dedicatoria a su madre en «Les Trophées» es una lápida romana. La mayor parte de sus sonetos son casi epigráficos, dignos de una estela. Heredia no escribió una sola línea que no fuese monumental. De allí esa augusta disposición de los conceptos, esa noble euritmia rítmica, esa belleza grandiosa de sus pequeños templos de catorce columnas.
Se le reprocha su parto elefantino, tardío y único. ¿Se habría preferido que amontonase en las librerías volúmenes sobre volúmenes, a la manera de tanto fecundo multíparo de la literatura cuya prole, sin dolor creada, servirá tan sólo por su inanidad y número para hacer más pesada y más invisible la losa del más justificado de los olvidos?
A pesar de amables muestras de simpatía, a pesar de la cita que en una ocasión me dio el maestro por medio del poeta Angel de Estrada, nunca fuí a verle, ni a su casa, ni a la Biblioteca del Arsenal, de que era administrador, después de Nodier, de Alexandre Duval, del bibliófilo Jacob, de Loredan Larchey, de Edouard Thierry y de Henri de Bornier. Mas sé que todos los que a él se acercaron quedaron encantados de sus afabilidades señoriles, de su fondo hidalgo, de su generosidad espiritual. No creo que le agradase mucho hablar el español, el cual, según tengo entendido, pronunciaba con acento francés. Estaba, por otra parte, un poco sordo; así es que la entrevista que tuvo con Núñez de Arce, hace años, debe haber sido curiosa, dado que el poeta español hablaba muy poco y muy mal el francés.
Heredia era amado de la juventud, de esa juventud acusada tantas veces de iconoclasticismo y de irrespeto para con los maestros. A esta acusación contesta con mucha justicia un claro y valiente espíritu, André Fontainas: «Decid, muertos ilustres, y demasiado pronto numerosos, Verlaine, Mallarmé, ¿quién, pues, venía piadosamente a la soledad en que se os abandonaba?, y vos, magnánimo superviviente de una época valiente, León Dierx, ¿quién os rodea de fervor y de afección mas que nosotros? ¿Quiénes, pues, José María de Heredia, desde los primeros años literarios venían con un orgullo tímido a consultaros, a entregaros sus esperanzas y a confiaros sus dudas?» Y es que el carácter acogedor y la noble confianza que inspiraba el perfecto lírico daban a los principiantes un amable calor de entusiasmo, un seguro estímulo, un deseo de proseguir en la prueba de Pegaso. Y era el alma misma de ellos la que sentía la espuela de oro. El mismo Fontainas expresa en conceptos amorosos tales impresiones: «Nadie como él, José María de Heredia, ningún aîné supo acoger, lleno de una bondad igual, a los principiantes, a quienes prodigaba con simpatía sus consejos fraternales. ¿Quién, entre esos, tan numerosos, a quienes su casa fué abierta, ha podido perder el recuerdo de los primeros minutos de su primera visita? Cuando desfalleciendo casi de temor y de respetuosa incertidumbre el recién llegado era introducido a un vasto y claro gabinete cuadrado, sonoro de voces vibrantes y alegres, se habría sentido presa de un vértigo extraño y temeroso, si el Poeta, suspendiendo con un ademán alguna disertación tumultuosa, no acorriese casi de un salto a él, a darle la bienvenida, con abundancia y precisión que daban al espíritu ansioso y encantado a la vez el tiempo de reponerse, de admirar, y de comprender a un tiempo, y amar a ese hombre, que se revelaba completamente en su movimiento de cordialidad franca y de calurosa acogida.» Tal dicen los que se le aproximaron. Mi proverbial condición ursina no me permitió poder apreciar personalmente la gentileza hospitalaria del hidalgo.
La casa estaba llena de gloria y de letras. Ya sabéis que sus tres hijas se casaron con escritores. Hasta la hora actual, parece que son felices, y ningún rumor de divorcio se ha oído. Una de las jóvenes, la casada con Henry de Regnier, es mujer de gran talento, y se ha hecho notable por sus poesías, publicadas casi todas en la Revue de Deux Mondes, y, sobre todo, por las novelas que ha firmado con el pseudónimo de Gerard d’Houville, nombre de un abuelo maternal de brava y pintoresca vida. Su salón era uno de los pocos que quedan exclusivamente literarios, y allí se reunía mucha parte de la élite de la mentalidad francesa contemporánea.
En Cuba (¡naturalmente!) se ha escrito el único artículo que conozco en que se decrete y anuncie la desaparición en el olvido de la obra herediana. «Les Trophées» de Heredia! Cuando hoy hay quien exhume y comente los seccionales del lejano y encriptado Du Bartas. Se ignorará en lo porvenir a Heredia si se borra por completo la historia de la poesía francesa en el siglo XIX, en la cual él es ciertamente un «antillano»; tiene su isla.
Sí, vivirá por su unidad sólida y su contextura, y por el material aere perennius, esa «Leyenda de los siglos» en miniatura, ese museo di camera, esa labor cuyo defecto sólo es la casi completa perfección. Tal la de su maestro Leconte de Lisle, y la de su antecesor Chenier. Poesía pura y lengua pura. Y tanta confianza había en el alma del poeta en lo futuro, que el primer soneto de la colección está dedicado al Olvido:
Le temple est en ruine au haut du promontoire...
. . . . . . . . . .
Mais l’Homme, indifferent au rêve des aieux
Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines,
La Mer qui se lamente en pleurant les Sirènes.
Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y la historia, supo concretarlo en magníficas cristalizaciones que siempre causarán admiración a los comprendedores de la virtud artística. Como Hugo, en su cíclico poema, abarca todas las épocas del mundo: los mitos, los héroes, los dioses, la vida y el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la gran figura de Herakles, ya vencedor del león de Nemea, o cerca del lago de Estinfalia, «todo sangriento, sonreir al gran cielo azul». He ahí a Neso, cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas de Epiro»; la centauresa que de noche tiembla «à l’appel lontain des ètalons»; la admirable metopa partenoniana de los centauros y lapitas; la fuga de centauros que sienten la muerte cerca, «et flairent dans la nuit une odeur de lion.» O bien Afrodita surge de la sangre de Urano; y Jasón y Medea aparecen como en un cuadro de Gustave Moreau, en el soneto dedicado a ese pintor. En el «Termodonte» véis pasar a los potros blancos, rojos de la sangre de las Vírgenes. En «Artemis», la diosa se presenta como llena de un primitivo y olímpico sadismo, y luego pasará, cazadora, saltando entre sus molosos; y la flauta pánica resonará en una ninfea. Pan surge, «el Caprípede, divino cazador de ninfas desnudas». Su risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un vaso cincelado, en cuyos flancos han de encontrar más tarde nuevas visiones poetas como Regnier y Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, el león que «en rugissant d’amour mord les fleurs de son frein». Baco, conquistador, triunfa a las orillas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran los funerales de Adonis; Circe siente los perros sagrados que la siguen aullando. En un soneto dialogado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que habría podido hacer si hubiera escrito tragedias. En otro, «Marsyas», hace recordar el Marsyas de mármol del Louvre.