Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue sobre la mar su grande sombra azul», ya, montado por Perseo, cuando «bat le ciel ebloui de ses ailes de flamme», o cuando sus alas «aux amants enlacés font un tiède berceau».
En los epigramas y bucólicas es un admirable evocador de la vida antigua. Cabreros, pastores, términos; inscripciones votivas; clamores de orgullo, libaciones funerarias, naves que parten; esclavos, sembradores, viejos chivos propiciatorios; niños muertos en flor; un corredor como el que en el Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce; un cochero como los que cantan las odas pindáricas; Pegaso de nuevo; o bien estas palabras que hoy son para dichas por sus propios labios fríos:
Aux yeux se sont fermés à la lumière heureuse,
Et maintenant habite, hélas! A pour jamais,
L’inexorable Erebe et la Nuit Ténébreuse.
En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de Virgilio. Conoceréis al discreto Galo, y reencontraréis la flauta griega en labios de un pastor. El poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida es breve, como cantó el otro, y que «no hay primavera en el país frío de las sombras». He ahí luego cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He ahí una sonrisa latina, o la soberbia figura de Aníbal, y en los versos a un triunfador, una frase que se diría dicha a sí propia por el artífice:
Grave-les dans la frise et dans les bas-relief
Profondement, de peur que l’avenir te frustre...
Aparece Cleopatra, en una tarde, «semejante a un gran pájaro de oro que espía a lo lejos su presa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre soneto en que Antonio ve en los ojos puntuados de oro de Cleopatra:
Toute une mer immense ou fuyaient des galères.
Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sonetos epigráficos suceden la Edad Media y el Renacimiento. Y Heredia siempre está en su terreno de labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es el vidriero que decora las catedrales con asuntos de primitivo; y renueva a Benvenuto. En «l’Estoc» hace recordar el soneto que sobre César Borgia escribió Verlaine, y en otra medalla, dejaría complacidos los gustos del marqués de Bradomín.
Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje, Petrarca y Ronsard; y es un lujo de orfebrería, luego, y de esmaltes que contribuyen a la gloria fraternal de Claudis Popelin.
En los conquistadores, puede decirse que se recrea en la gloria del Antepasado, el fundador de Cartagena de Indias, D. Pedro de Heredia, por el cual sus últimos descendientes pueden timbrar su escudo con «une Ville d’argent qu’ombrage un palmier d’or.» En el Oriente y los Trópicos, se precisa la influencia de Leconte, y, claro que la de Hugo. Es allí donde, de paso, en un terceto, hay una reminiscencia del origen cubano del poeta.