En cuanto a este dinero, uno de los treinta famosos, creo que debería sacarse de aquí, de esta quieta y venerable catedral ovetense, y llevarse a París, a ser guardado en la caja de Rosthschild, o a otra parte cualquiera del mundo, a la casa de otro congénere, donde pudiera devengar los racionales intereses.

Ocultos también están los que canta la boca del eclesiástico gnomo «preciosos cabellos y vestidura de la Santísima Virgen; lienzos humedecidos con la leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda no fué sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposición divina llevada a la inmortalidad de los cielos María con todo lo que constituyó su cuerpo mortal sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la Virgen, completa e intacta, al empíreo? Si esto es de fe, no corto sacrilegio están cometiendo los canónigos que conservan y se glorian de poseer algo de la figura corporal de María, madre de Jesucristo, en San Salvador de Oviedo. Yo opino que habría que sacar a la luz esos cabellos. Y si son, en efecto, ya veríais, como en el poema de Hugo los de Cristo en la mano del sayón, tornarse éstos hebras de luz sobrenatural; notar los sabios una descomposición en la máquina del día, y la humanidad sentir entrársele por los ojos una miel de aurora que haría desleírse las almas en un deseo de amor universal y de fe profunda.

Después, aquí están un lignum-crucis, que no me interesa tanto después del buen trozo, que parece petrificado, del tesoro de Notre-Dame; un pedazo del pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los apóstoles después de la Resurrección—cosas que no me mostraron—; tierra sobre que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos, y tierra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que cerró el sepulcro del Señor, y del ramo de oliva que llevó en sus manos cuando la entrada en Jerusalem. Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me presentan una redoma «con sangre derramada por el costado de una imagen que los cristianos habían hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los judíos, obstinados por su antigua incredulidad, fijaron por señal o blanco, y con una lanza hirieron el costado derecho, del cual salió sangre y agua.» No veo nada, absolutamente nada, en la opaca redoma. Pero credo.

Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por el monaguillo: algo de la frente y cabellos de San Juan Bautista; un hueso del mismo San Juan Bautista: reliquias de los doce apóstoles ¡y de los profetas!; la suela de la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro, que me parece de un cuero demasiado fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo del pellejo de San Bartolomé, que se asemeja a viejo pellejo de cerdo; la cartera, ¡sí, la cartera! de San Andrés, semejante a esas bolsas en que los gauchos guardan el tabaco; cabellos, ¡oh, profanación!, con que la Magdalena enjugó los pies de Jesús, y huesos y reliquias de todos los que vais a oir: San Juan, San Esteban, San Lorenzo, San Vicente, Santos Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano, Facundo, Primitivo, Justo, Pastor, Fructuoso, Emeterio, Celedonio, Adriano, Mamés, Verísimo, Máximo, Vedulo, Pantaleón, Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio, Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix, Pedro el Exorcista, Eugenio, otro Félix, Fausto, Colegio, Esportalio, Hieremías, Martino, obispo Cristóbal, Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Agueda, Justa, Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Petronila, Eulalia de Barcelona, Emilia, Pomposa y una navaja de la rueca con que fué martirizada Santa Catalina.

¡Ah, no!

Y El Angelón y su compañero siguen rezando.

Y luego me muestran «una parte de la vara con que Moisés dividió las aguas del mar Rojo, ¡y veo un fragmento de palito como un lápiz, yo, que soñaba con tal luminoso garrote que al agitarse en el aire pondría espanto en el tropel de los truenos y en la madriguera de los rayos!

Y después se me muestra «una cruz de oro purísimo, labrada por mano de los ángeles», y que clama ser labor de plateros bizantinos; y se me dice que existen aquí mismo: una piedra del monte Sinaí, sobre la cual ayunó Moisés; maná que llovió Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto del profeta Elías!; huesos de los tres niños del horno de Babilonia, Ananías, Azarías y Misael; una de las «hidras» en que Cristo convirtió el agua en vino; los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de Santa Eulalia de Mérida, el de San Vicente Abad, y los de San Julián y de San Serrano, y la espaldilla de San Pedro Regalado y otros huesos más...

¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El Angelón y su colega me están jugando una mala pasada... Guardo, orantes y piadosos barnums, mis cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión.

Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en Dios... Pero, ¡idos al diablo!