II
A la orilla del mar.
Me he venido a un rincón asturiano, pequeño, solitario, sin más casino que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos—ante el caprichoso Cantábrico.
Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un paso de Oviedo, junto a la desembocadura del Nalón. La ría semeja más bien un lago. En frente se divisa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un cercano caserío; y más allá del lado del mar, está la población de Arenas. Más allá no debía decir, sino más acá, puesto que escribo en ella, en una casita nueva y fresca, que tiene un mirador frente a las olas. San Esteban está al pie de una pequeña altura; hay pocos habitantes, una fábrica de conservas marinas y un restaurant que se ve bullicioso y se siente sonoro los domingos. La Arena es lugar de pescadores, y por el lado de la costa tiene una que otra casita pintoresca que alquilan las pocas familias que vienen durante el verano.
Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en construcción que avanza en el mar, las colinas cultivadas, a un lado y a otro, la costa abrupta que termina su diseminación de rocas obscuras.
Las mañanas doradas de sol, o empañadas de bruma, son tranquilas y serenas. Por la calle no pasa más que una que otra vendedora de pescado, y, una vez por semana, el hortelano, que viene con su asnillo cargado de frutas y verduras. Ayer oí una inusitada algazara, y un son de panderetas. Me asomé a la ventana y me encontré con un oso, que la no muy bien aprendida danza ensayaba en dos pies. Dos cobrizos gitanos cantaban su melopea, un mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda y unos cuantos muchachos admiraban el espectáculo.
Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras antiguas en desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el retorno, a la vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces la pesca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando se acercan a la costa, en donde hay redes tendidas y mujeres que aguardan.
Viven estos excelentes hombres en pobres habitaciones. Tienen algunos un huertecito que aprovechan para sembrar maíz, patatas y coles. Esto no les deja morir cuando falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia chica y triste, en donde los más devotos forasteros retroceden ante el formidable ejército de pulgas, que sin duda el rey de las moscas, o sea Satán mismo, mantiene allí para perjuicio de los católicos veraneantes. Se divierten cada ocho días los buenos pescadores jugando a los bolos y emborrachándose convivialmente con vino de dos «perrones» botella. Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.
El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además, son generosos y altruístas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está en días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que les es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y esto se explica por la cotidiana labor que tienen sobre el mar, en donde están hechos a dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.
Estos mares son duros. El Cantábrico tiene celebridad terrible. Y aun en esta parte que ahora me parece tan poco hostil, pasan, en ciertas épocas, dramas tremendos. «Por allí—me dice un pescador, señalándome el extremo del rompeolas—, por allí murieron el invierno pasado catorce hombres. No se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian de humor con rarísima rapidez; tan pronto hay calma azul, tan pronto carnerea la espuma. Recuerdo ya viejos versos:
Claudicante, viejo, solo.
Viene del Polo el Invierno.
Eolo sopla en su cuerno
Saludando al rey del Polo.
Al son del cuerno de Eolo
Lanza el gran mar su clamor.
Sobre el oceánico hervor
Da el tritón su canto extraño,
Y con su crespo rebaño
Pasa el terrible pastor...