Como todas las gentes de mar, como las de Normandía, como las de Bretaña, éstas tienen sus devociones religiosas, su patrón celeste, su representante y delegado delante del Eterno Padre, Comodoro de los huracanes y Soberano Almirante de los ciclones de la muerte. Aquí es el bueno y tradicional San Telmo el que enciende sus iluminaciones en los árboles de los barcos en noches de tempestad, y aquí, en la procesión anual, va vestido de marinero, con la mano en el timón, entre los cantos y músicas, sobre la ría en calma. Esta fiesta, según se me informa, se verificará pronto, y ya tendré entonces ocasión para describírosla.

No han progresado mucho que digamos estos lugares desde el año de 1794, en que se publicaron las Memorias históricas del principado de Asturias y obispado de Oviedo, por el Dr. D. Carlos González de Posada, canónigo de Tarragona; libro editado en esa ciudad por el impresor Pedro Cavals. Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de La Arena: «Puerto de mar a la boca del río Nalón, dos leguas y media distante de Avilés, y de corta población.» Y de San Esteban: «Puerto de 50 vecinos en la misma boca del Nalón y frente a La Arena, sin más distancia que el río en medio; pueden fondear en él fragatas de 30 cañones; en sus inmediaciones se ha fabricado un dique o ribera, donde se depositan las maderas que bajan para la real armada por el río desde los montes del Tineo, Cangas, Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo y otras partes. Estos dos puertos son del concejo de Pravia, cuya capital es la villa del mismo nombre, corte otro tiempo de algunos reyes de Asturias, etc.»

Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo en la naturaleza, ha de cambiar con las invasiones de vida moderna que están transformando a España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de los emporios comerciales y manufactureros de la península, ciudad «europea» actualmente y cuya riqueza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, el impulso, que ha de cambiar todo esto. Y perderá La Arena su poesía, ¡hélas!, y ya habrá aquí veraneantes que pasearán sus modas, y correrán por la playa otros automóviles que los cangrejos, y habrá casino con sus correspondientes petits-chevaux, y los que como yo buscan la actual paz y sosiego que dan estas cosas primitivas, se irán con la música y los sueños a otra parte. Aunque pronto no habrá rincón del mundo en donde refugiarse. La unificación del planeta será absoluta. Los manes de Ruskin y compañeros mártires se estremecerán en la eternidad, y sobre el globo uniforme prodigará sus bostezos la humanidad uniformada.

Hay en la playa unas ocho o diez casetas de baño. La clientela no es numerosa, mas se aumenta el día festivo y el domingo con los visitantes que llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por bueyes; y se ve pintoresco el buen animal del campo cuando camina llevando su edificio minúsculo hacia las olas.

A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco graves, el imaginarse a Venus con pantalones. El Maestro habría experimentado algo más tremendo al contemplar la figura de algunas bañistas en estas castas costas. He advertido que no solamente la robusta y venerable matrona, sino la guapa y gallarda señorita, se enfundan en unos camisones prosaicos que las envuelven desde el cuello a los pies. Al verlas, ciertamente, el tritón más salaz recule épouvanté. Mas no percatan las pudorosas damas que las tales túnicas resguardadoras de misterios, una vez que se mojan, se pegan al cuerpo como los paños de los escultores a las estatuas de barro en los talleres, y que la indiscreción de la tela es entonces de una realidad irónica y flagrante.

He notado que las puestas de sol no son aquí, al menos por estos días, prestigiosas, ricas de colores y fuegos. Pocas veces he visto libre de nieblas la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se muestra sino a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad de viejos oros. Tan solamente una vez formaron las nubes del fondo una como cordillera de montañas obscuras, cuyos filetes bruñía de un fuego vivo y rojo al poniente en fusión. Mas el astro no se veía. Fué más tarde cuando, de repente, en medio de la cordillera negra, se abrió una tronera de metal incandescente, a través de la cual pasó un chorro solar. Duró esto unos instantes. Luego el disco vívido se fué opacando y se tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los nubarrones amontonados. La cordillera se deshizo. Se fué como derrumbando blandamente aquella aglomeración de masas enormes y obscuras. El mar, que fué primero gris, luego plateado, luego violeta, luego verdoso, luego gris otra vez, se azuló profunda y nocturnamente en el último momento crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a otro de las aguas, que hacían su ruido de cascadas agitando sus sempiternos algodones sonantes, sus madejas de encajes sedosos; y coincidió la llegada de una vela latina, de una rezagada barca pescadora, con la aparición, siempre enigmáticamente luminosa, del milagro de las estrellas.

III
San Telmo.

Ha pasado la fiesta de los marineros pescadores. El patrón ya sabéis que es San Telmo, el de los fuegos. Si la religiosidad ha mermado entre estas buenas gentes, la superstición queda. En Dios se puede tener poca fe; pero lo que es en San Telmo... Desde por la mañana, temprano, sonaron los petardos y cohetes y se oyeron músicas por las calles del pueblecito de La Arena. San Esteban también estaba en movimiento. Ambos vecindarios se unieron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo misa con sermón. La gente endomingada tuvo fervor. Estalló la gaita en una intempestiva Marcha Real cuando el sacerdote alzó.

Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillante, que es de D. Edmundo Díaz, un «cher confrère», pues es director de una revista y escritor ameno. Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por donde debía pasar la procesión. Y vi muy hermosas mozas, muy elegantes señoritas que llegaron de Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que otro kodak en finas manos.

La procesión fué después del almuerzo. Desde donde yo estaba pude dominar todo el espectáculo. El panorama era delicioso, al amor de una fresca temperatura. Era una decoración de nacimiento; en frente de mí, casitas blancas con techos rojos; allá, en la otra banda, casitas de «preseppio», y la colina pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del Castillo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir de gentes, mover de barcas, humo de cohetes. Y a este lado la población risueña, el «Brillante» en fiesta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada, argentada. El cielo de cobalto, rejado de vellones, manchado de pincelazos de nieve. No lejos del lugar en donde escribía mis apuntaciones, está la casa del profesor Altamira, del hombre grave y estudioso que sabe tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con barandas blancas, con un jardincillo en que hay verdores apacibles, flores e higueras.